En abril de este año, la economía argentina cerró un ciclo de siete trimestres consecutivos de crecimiento.  La peor sequía en casi medio siglo confluyó con dos corridas cambiarias sucesivas para abortar un repunte que dejó la economía argentina apenas 4% por encima del nivel de 2011 y en las puertas de la que será su cuarta recesión en una década. El fin de los brotes verdes es preocupante por muchas razones, quizás la más importante sea su impacto en el mercado de trabajo.

El mercado de trabajo argentino muestra una dinámica preocupante desde 2012. En los últimos seis años, el empleo formal en el sector privado argentino ha crecido poco más de 3%, un aumento definitivamente muy pequeño y factiblemente inferior al incremento poblacional. En particular, desde diciembre de 2015 (comienzo de la actual gestión nacional), este crecimiento acumulado es prácticamente nulo. Al margen de una leve expansión del empleo público, el mercado de trabajo argentino solo ha generado empleo de mala calidad en los últimos dos años y medio, ya sea en términos de asalariados no registrados o de cuentapropistas registrados como monotributistas. Estos puestos de trabajo no solo carecen de la protección legal que rige sobre el empleo formal (que incluye derechos tales como aguinaldo, negociación colectiva, cobertura sindical e indemnización por despido, entre otros) sino que son naturalmente inestables y por lo tanto corren mayores riesgos en coyunturas macroeconómicas negativas como la actual.

El monotributo es la categoría formal que mayor aumento registró durante la actual gestión, con un 9% (o 10,6% si incluimos el monotributo social, destinado a trabajadores de cooperativas y otras actividades no tradicionales). Sin embargo, en rigor, no es posible asegurar que se trate efectivamente de puestos nuevos. En 2016, el régimen de asignaciones familiares (que otorga cobertura de seguridad social para niños) fue extendido para incluir a los monotributistas, lo cual en los hechos implicó un incentivo fuerte a la inscripción; ya que para niveles bajos de ingreso, la transferencia recibida es mayor al impuesto, convirtiendo a los inscriptos en beneficiarios netos del sistema. Factiblemente, esto incentivó a asalariados no registrados a ingresar en el régimen, produciendo una suerte de blanqueo, aunque bajo condiciones laborales precarias y sin generar puestos nuevos. De este modo, es probable que los aumentos en la cantidad de monotributistas sobreestimen el número de puestos efectivamente generados por esa vía.

Se trata de un panorama ciertamente difícil para el mercado de trabajo argentino. Luego de un proceso de crecimiento relativamente breve en el que los avances en materia laboral fueron escasos (amén de algunos progresos en materia de ingresos que redujeron de manera sensible la tasa de pobreza), la economía argentina debe enfrentarse nuevamente a una coyuntura adversa gobernada por la incertidumbre tanto económica como política, en medio de pronósticos de crecimiento que apenas alcanzan el 1% anual. En este contexto, asoman interrogantes incómodos que no encuentran una respuesta clara en la política económica actual.

En primer lugar, ¿es suficiente el crecimiento económico para motorizar la generación de empleo de calidad de manera sostenida en el tiempo? La experiencia de los últimos dos años arroja un manto de duda sobre esta idea; aun corriendo el riesgo de ignorarlo, no deja de ser incierto cuándo Argentina retomará una senda de crecimiento estable. En segundo lugar, ¿el mercado de trabajo requiere políticas específicas? Recordemos que en abril el gobierno presentó al Senado tres proyectos de ley que forman parte de una reforma laboral que se anuncia desde el comienzo de la gestión, pero cuyo contenido total es todavía desconocido. Estos proyectos aún no han recibido tratamiento y no parecen integrar la agenda política actual, quizás por tratarse de medidas dudosamente populares y por ende, difíciles de procesar políticamente en un año de malas noticias económicas. Por último, ¿la estructura productiva es relevante en la determinación del nivel de empleo formal? A un siglo del “granero del mundo”, Argentina no ha resuelto aún qué perfil productivo es compatible con un equilibrio social favorable.

 

* Doctor en Economía por la Universidad Nacional de La Plata, becario CONICET en la Universidad Nacional de General Sarmiento y profesor en la Universidad Argentina de la Empresa. Twitter: @MartinTrombetta