Detengámonos primero a ver qué pasó realmente con esta variable en el largo plazo y luego intentaremos explicar por qué. En el Gráfico 1, se pueden observar dos cuestiones centrales:

  • Sobre su nivel podemos decir que el poder adquisitivo del salario promedio es actualmente (datos a 2016, último año completo al momento de escribir esta nota) el doble que a comienzos de la década del cuarenta, similar al de 1970 y un 70% más alto al de la crisis 2001.
  • Sobre su evolución, queda claro que la importante volatilidad  de la economía argentina –siempre destacada por los analistas- se reproduce exacerbada en esta variable. Una aproximación de ello es ver la serie de participación asalariada.

GRAFICO 1. PBIpm precios constantes y Salario real promedio (1940=100) y Participación asalariada en el PBIpm (en %). 1940-2016.

Podemos agregar dos datos adicionales para la discusión:

  • En relación a la productividad, el salario real se elevó un 30% menos que aquella en el mismo período. Esto es, no todo el incremento del rendimiento de la fuerza de trabajo fue transferido a salarios.
  • En términos internacionales, tomando a Estados Unidos como comparación, lo que se observa es que el poder adquisitivo relativo de las remuneraciones en Argentina pasó de representar el 47% en 1940 a alrededor del 35% en 2015.

Entonces, si el salario real no ha crecido más que la productividad y tampoco avanza en términos internacionales ¿por qué constantemente se plantea que el nivel del salario en Argentina es una traba al crecimiento económico? Más aún, en un contexto donde su nivel no alcanza para sostener a grandes segmentos de la población por encima de la línea de pobreza.

El problema es que ante un nivel de productividad reducido y heterogéneo –rasgo del subdesarrollo- la economía debe constantemente encontrar mecanismos de compensación para su baja productividad. Para ello, la economía argentina, como tantas otras, cuentan con tres fuentes principales: a) la renta de los recursos naturales y su redistribución, b) el endeudamiento externo y c) el deterioro de las condiciones de empleo vis a vis de las que operan en otros lugares del mundo. Cuando los precios internacionales son elevados la economía crece como si no existieran límites estructurales. Pero ante su insuficiencia se puede recurrir a la deuda (mecanismo de corta duración, como sabemos) y, en paralelo, comienzan a deteriorarse las condiciones de empleo: la economía no crece, el mercado laboral se fragiliza, crece la desocupación, la precariedad y caen los salarios en términos reales.

Un breve repaso histórico muestra que durante la Industrialización Sustitutiva, al estar relativamente cerrada a la competencia internacional, no había grandes problemas cuando el “agro andaba bien” aún con los ciclos característicos denominados “Stop & go”. Luego, entre mediados de los setenta y los ochenta, tanto los precios internacionales como la deuda fueron esquivos, lo que redundó en un estancamiento económico, del empleo y los salarios. En los noventa, la deuda tomó un rol central que luego terminó explotando. El deterioro laboral de la crisis fue la base de la recomposición del 2003 para luego, cuando los salarios recuperaron su nivel anterior -2006/07-, comenzar a compensar fuertemente por la renta de los recursos naturales. Hoy por hoy, con menores recursos de esta última –ni hablar con la sequía- la deuda y el deterioro del mercado laboral deberán llevar la carga de ese rasgo estructural. El problema es que la primera es una “solución” coyuntural y transitoria, porque cual todo el peso recaerá eventualmente sobre las condiciones de vida.

Pero la llave de todo es la productividad. Lamentablemente no hay estrategia productiva en la política económica actual que encare un cambio estructural. Para peor, tiene una visión decimonónica del asunto: falta “cultura del trabajo y “hay que poner el hombro”. No sólo esto es absurdo ya que la productividad está principalmente determinada por la tecnología, la escala del capital puesto en movimiento. Si fuera voluntad y “emprendedorismo”, cualquiera competiría con Google con su computadora de escritorio y con Ford produciendo autos en el garage de su casa. 

Y de continuar así, las condiciones de empleo y el salario seguirán siendo la variable de ajuste por excelencia.

*Doctor en Economía, Universidad de Buenos Aires. Investigador del CONICET en el Centro de Estudios sobre Población, Empleo y Desarrollo (CEPED), Instituto de Investigaciones Económicas – UBA. Twitter: @JuanMGrana