“Veníamos bien, pero de golpe pasaron cosas”, señaló el presidente Mauricio Macri en una entrevista televisiva con Jorge Lanata en el medio de la crisis cambiaria. Indefectiblemente, la economía venía mostrando brotes verdes hasta el primer trimestre de 2018, sobre todo en la variable probablemente más importante de todas, la pobreza, que llegó en el segundo semestre de 2017 a 25,6% y fue según el centro CEDLAS la más baja desde la salida de la convertibilidad.

Este crecimiento económico que llegó a experimentar la economía hacia fines de 2017 cuando se superó el pico de 2015, se basó en una estrategia oficial que situada en la “insignificancia relativa” de Argentina en el mundo -el país representó 0,79% del producto bruto mundial en 2017 según el Banco Mundial- esperaba que el mundo financie al país.

Sobre un discurso amigo del mercado, el equipo económico de Cambiemos se volcó de lleno a una reapertura financiera que permitiera con entrada de capitales cubrir las necesidades externas. Al mismo tiempo, se hizo foco en lograr la convergencia hacia el equilibrio fiscal, la corrección de precios relativos y la normalización de la inflación. Desde la visión del Gobierno, el déficit de cuenta corriente iba a ser inexorablemente negativo para poder importar los bienes de capital que la economía necesitaba para desarrollarse.

Pero la necesidad de una constante entrada de capitales externos no era otra cosa que un producto de desequilibrios macroeconómicos subestimados por el Gobierno como el déficit de cuenta corriente que alcanzó un déficit histórico en el mes de marzo de 2018. La entrada de capitales fomentada por las altas tasas de interés generó un atraso cambiario que junto a la apertura comercial aumentó fuertemente la pérdida de dólares. De esta manera se dispararon las importaciones y el déficit de turismo, que llegó a los US$ 10.662 millones en 2017.

A la subestimación macro se le sumó una política micro que brilló por su ausencia: el Gobierno esbozó para los sectores productivos más que un plan, reacciones. El incumplimiento del flex que derivó en un rojo comercial del sector automotriz con Brasil que se estimó de US$ 6.000 millones en 2017, el ajuste en Ciencia y Técnica y la eliminación de créditos productivos son marcas de un equipo económico que pecó por falta de pragmatismo.

Así, los desequilibrios estallaron a fines de abril y Argentina entró nuevamente en un evento de crisis por Balanza de Pagos que obligó a las autoridades a recurrir a un préstamo Stand By con el FMI. Y de estos eventos se sabe cómo se entra, pero nunca cuando se sale o el costo que puede llegar a tener, al punto que varios meses después todavía no se ha recobrado la “confianza” del mercado, uno de los objetivos centrales del Gobierno.

Al final del día la economía tiene que conseguir dólares y una manera completamente legítima de hacerlo es con endeudamiento. El problema fue no asimilar que la situación del mercado no era sostenible indefinidamente y no preocuparse más por la dinámica de las exportaciones.

Futuro

El futuro es complicado. Siempre puede existir un realineamiento de las expectativas que permita el escenario positivo donde el Gobierno logre estabilizar las variables macro y la economía pueda recuperar vía ingresos de capitales su sendero de crecimiento para el primer trimestre de 2019. Además, solo una cosecha normal se estima que aportará más de 1% al crecimiento del PIB de 2019 y la recuperación de Brasil podría hacer crecer fuerte las exportaciones de manufacturas industriales.

No obstante, la creciente volatilidad de los mercados externos y el fly to quality no ayudan. En un escenario negativo, si el Gobierno continúa sin poder estabilizar las principales variables macroeconómicas, crecerá la desconfianza y en un año electoral que ya todos sabemos que será muy complicado, no podremos volver a ver brotes verdes. Cuando la economía está tan atada a la confianza de los mercados por falta de virtudes, tan solo la probabilidad de una victoria de otro partido político puede asustar a los inversores y esto ya pasó: en 2017 cuando perfilaba para ganar las elecciones Cristina Kirchner, el tipo de cambio pegó un salto que requirió de la intervención del BCRA en aquel entonces presidido por Federico Sturzenegger.

El riesgo podría ser, caer en una dinámica de más ajuste y menos actividad que termine en un círculo vicioso difícil de romper. Sin crecimiento será muy complicado que el Gobierno logre cumplir con las metas del FMI y el futuro de la economía quedaría muy expuesto. Esperemos que no pasen más “cosas”.


*Juan Manuel Antonietta es periodista y profesor de Macroeconomía y Política Económica de la FCE UBA.