Acaban de anunciarse controles de precios por 90 días sobre un conjunto de 1500 productos. Una medida que se suma a otros controles o regulaciones mercantiles, caso de las divisas y el mercado cambiario. Esas disposiciones habilitan un debate sobre aspectos de interés múltiples en la vida cotidiana.

Entre otros interrogantes se escucha la polémica sobre la validez o viabilidad de los controles. ¿Es posible tranquilizar la economía? ¿Pueden pensarse mecanismos para el logro de una economía eficiente o sana? Son formas de razonar desde la duda y con visiones alternativas sobre propósitos y logros potenciales.

Podemos considerar que el ministro de economía de la Argentina, Martín Guzmán, alude habitualmente a la expresión “tranquilizar la economía”, y resulta interesante interrogarse al respecto. Del mismo modo, es de utilidad pensar sobre la posibilidad de una “economía eficiente o sana”. Más aún, en ese marco, pensar el papel de los controles gubernamentales, su efectividad y alcances.

Todos interrogantes y posibles respuestas que requieren ciertas consideraciones previas. En principio, debe considerarse la contradicción de intereses en el orden económico. La suba de precios o inflación no perjudica a todos por igual. Es más, existen beneficiarios con la suba de precios, sean alimentos, la energía o las divisas, especialmente el dólar. Además, tranquilizar la economía supone “estabilizar” el orden económico, pero tras cartón viene el interrogante: ¿en favor de quién?

No todos aceptan los controles de precios, y ya vemos como ciertos empresarios, dirigentes empresarios, anuncian posibles desabastecimientos ante la voluntad de “congelamiento”, lo que lleva a “intranquilizar a la economía”, a contramano de los dichos del funcionario gubernamental.

El desabastecimiento es al mismo tiempo una dificultad para los consumidores, quitando eficiencia a la producción y circulación económica, retroalimentando una lógica recesiva en lo productivo.

Para ser eficientes en la economía se puede pensar en:

a) satisfacer la necesidad básica del conjunto de la población;

b) expandir las actividades económicas para incluir a toda la población en un proceso de reproducción de la vida y en armonía con la naturaleza,

c) estimular una inserción virtuosa del país con la región y con el mundo.

Si observamos con atención, para el primer punto se debe concentrar el accionar de la política económica sobre la base de un inmenso consenso social, en eliminar el 45% de pobreza, que se eleva al 60% entre los menores y en algunas zonas rebasa el 70%.

Para el segundo aspecto, se debe planificar la promoción de políticas activas para resolver empleo y medios de producción, lo que supone redistribuir adecuadamente recursos públicos en la promoción de ciertas iniciativas orientadas para ese fin. Reorientar recursos supone decir cuales no se afrontarán, caso de los pagos de la deuda pública, especialmente con el FMI, por ejemplo. De nuevo,  se necesita gran consenso de la sociedad.

Respecto de lo tercero, el problema es en qué mundo se quiere vivir y por ende, qué relaciones económicas privilegiar, si con inversores interesados en potenciar la apropiación de excedentes, u orientar una producción global que confronte con el modelo productivo y de desarrollo que nos trajo la crisis del cambio climático, saqueo de bienes comunes mediante.

Como vemos, no es sencillo tranquilizar a la economía, ni fácil definir qué se puede considerar eficiente o sano en el proceso económico. Siempre se trata de intereses contradictorios. Lo que importa es definir qué problemas se pretenden resolver y con ello, más allá de cualquier disposición gubernamental, considerar o construir los consensos sociales necesarios para hacer realidad los objetivos a resolver.


*Doctor en Ciencias Sociales, UBA. Profesor Titular de Economía Política, UNR. Integra la Junta Directiva de la Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Economía Política y Pensamiento Crítico, SEPLA. Twitter: @Jcgambina