Hacia fines de los años ‘80 la caravana apareció como una modalidad novedosa de campaña electoral. Implicaba un largo recorrido por el interior del país a bordo de vehículos acondicionados y equipados, visitando capitales provinciales como también pequeñas localidades, poblados y barrios populares de los grandes conglomerados. Los candidatos iban al encuentro del público, interactuaban con él, en un intento de construir nuevos lazos con quienes se mostraban distanciados o indiferentes en relación a la identificación partidaria. Fue Carlos Menem -a bordo del “menemóvil”- quien popularizó la caravana, primero en la interna con Antonio Cafiero en 1988 y luego en la campaña presidencial de 1989. En un contexto de crisis de la palabra política, la caravana operó más en un registro indicial (imagen, contacto, gestualidad) en la modalidad de comunicación, apostando así a movilizar emociones por parte del candidato.

Treinta años después, luego de que la comunicación política y las campañas electorales fueron emplazándose en el registro mediático primero y las redes sociales después, un candidato retomó la voluntad de “ir hacia la gente” a través del recorrido motorizado por el territorio: con patillas más cool que el riojano, el ex ministro de Economía Axel Kicillof y su colaborador Carlos Bianco iniciaron un road trip por la extensa provincia de Buenos Aires poco tiempo después de la derrota electoral del FPV en el 2015. De las catárticas plazas porteñas a la sociedad rural de Bragado, el silencioso peregrinar de Kicillof entre el 2016 y principios del 2019 fue de una extrema austeridad: ya no era el colectivo acondicionado sino un modesto auto particular, el mate, un grupo pequeño de colaboradores y el riguroso estudio de la realidad socioeconómica del lugar a visitar. Pueblo a pueblo, cara a cara, conversó y escuchó comerciantes, obrerxs, docentes, jubiladxs, jóvenes, pequeñxs y medianxs empresarixs, subordinando su habitual parrafeo a la escucha atenta y la sensibilidad con sectores que padecían el ajuste económico y los problemas de gestión de María Eugenia Vidal. En tiempos desérticos para su fuerza política y de horizonte luminoso para la gobernadora según los pronósticos de consultorías y medios, Kicillof representó con militancia y convicción el kirchnerismo de a pie.

Sin tierra en el amplio conurbano de los intendentes peronistas, el ex ministro de Economía fue construyendo legitimidad y forjando su candidatura, que encuestas y afinidad ideológica mediante, motivó a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner a elegirlo como el candidato a gobernador en la provincia de Buenos Aires, en el marco de otras postulaciones fogoneadas por un grupo importante de mandatarios municipales del PJ bonaerense. Narrado mediáticamente como el “kicimóvil”, la dirigencia de Cambiemos tardó bastante tiempo en verlo venir. Cuando se volvió un peligro para las chances reeleccionistas de la gobernadora, al Clío le empezaron a llegar los perdigones discursivos del campamento oficialista: que si ganaba gobernaría La Cámpora, que no conocía la provincia, que no se le había curado el virus marxista. La estigmatización la había comenzado el candidato a vicepresidente por Juntos para el Cambio, Miguel Angel Pichetto, cuando lo acusó de comunista, en el marco de un glosario descalificador más general por parte del senador que se completaba con “el conurbano oscuro” y la “patria cartonera”.

Con afabilidad, sin enojos ni descalificaciones personales, siempre con tiempo para ejercer su oficio docente y para desplegar su carisma, Kicillof respondió focalizando sus críticas en los problemas de gestión de Vidal,  la situación del empleo, la pobreza, los bajos salarios, la situación de las PYMES y los comercios, la infraestructura escolar y la situación del Banco Provincia, entre los temas más relevantes. Se despojó paulatinamente de tecnicismos en su discurso y apeló a un lenguaje coloquial, conectando con las vicisitudes y los dramas cotidianos: “la provincia está endeudada hasta la manija”, “hay hambre”, “la gobernadora ha cerrado escuelas”, afirmó en el siempre adverso escenario de los medios de comunicación dominantes.

En el complejo camino de consolidar su candidatura, a Kicillof le llegó la hora de los hombros, cuando uno a uno los estratégicos intendentes del conurbano le fueron dando su apoyo, hasta recorrer el último tramo de la campaña a puro abrazo y sonrisa con un Sergio Massa de bajo perfil. “Nada se puede hacer sin los intendentes”, aseguró el candidato para consolidar esa amplia base de sustentación territorial y articular diferentes lealtades. Conjugando el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad en tiempos donde parecía que la provincia de Buenos Aires era un callejón sin salida para una alternativa opositora, con el triunfo sobre María Eugenia Vidal, Axel Kicillof demostró que el camino era juntos, a la par.

*Doctor en Ciencias Sociales (UNGS-IDES). Docente e investigador en el área de Sociología de la Universidad Nacional de General Sarmiento. Analista de las coaliciones legislativas en el gobierno de Cambiemos y liderazgos políticos.