Una de las dudas que empieza a surgir es, si la inflación puede bajar más de 20 puntos en 2019 como estaba previsto en el presupuesto. La pregunta es algo engañosa, en la punta de diciembre puede ser que veamos una inflación interanual de 32%-34%, una desaceleración bastante fuerte respecto a los 47.6% que vimos en diciembre de 2018.

Sin embargo, la inflación interanual lejos de desacelerarse llegará al 54% interanual para el mes de mayo. Aún más, en el promedio superará el 40% cuando el año anterior la inflación promedio fue inferior (34.2%).

La inflación nuevamente se acelerará en febrero y marzo no será la excepción, la estabilidad cambiaria, la dureza de la política monetaria y la recesión no están pudiendo solucionar el problema. En particular se espera un registro promedio del 3,5% para el próximo bimestre.

Independientemente del número, alguno podrá ser más optimista y otro más pesimista, la inflación sigue siendo un problema. Ahora la carne aparece como el culpable, empezarán a salir índices de inflación ‘descarnados’, así tendremos una inflación sin precios regulados, sin estacionales, sin carne, etc. Eso estaría perfecto si sacándole todos los componentes llegamos a algo cercano al 0% de inflación. En ese caso podríamos hablar de ‘tariflación’ o ‘carneflación’ pero lo que es descarnada es la realidad. La inflación sigue siendo alta. ¿Por qué sucede esto entonces?

El crecimiento de la base monetaria cercano al 0% y las consecuentes tasas de interés elevadas en el mejor de los casos reducen el PBI nominal, no sabemos con qué intensidad eso puede ser menos precio y menos intensidad. En el medio, incluso, la demanda de circulante (velocidad de circulación del dinero) juega un rol fundamental. Una variable que el Banco Central proyecta históricamente debido a la estacionalidad pasada, independientemente que haya cambiado el programa monetario. Los efectos de la política monetaria dura sobre la inflación tardarían más de un año en verse efectivamente y el proceso que se transita puede ser costoso en términos sociales y políticos para el oficialismo.

El canal del tipo de cambio actualmente está ayudando, las tasas altas están conteniendo el tipo de cambio y con ello la inflación no toma más impulso. Los contrafactuales son difíciles de realizar en economía, pero creo que el consenso es amplio en que una aceleración del tipo de cambio redundaría en una aceleración de la inflación. Hasta qué punto se puede utilizar este canal lo marcarán los datos de las cuentas externas. Argentina no puede seguir pretendiendo financiar un déficit externo de US$ 25.000 o 30.000 millones como el del último año.

El canal de las expectativas está deteriorado, el sobrecumplimiento de la base monetaria ya no causa efecto en las expectativas de inflación, algo que se va a reflejar casi con seguridad en el próximo REM. Esta relación incluso es peligrosa, las expectativas de mayor inflación terminan siendo profecías autocumplidas cuando se van verificando en los datos.

Anunciar una inflación de 23% es poco creíble, no verificable y la consecuencia es la misma que cuando existía inflation targeting, no se coordinan expectativas hacia ese valor. Por el contrario, al concentrar todos los aumentos de regulados en el primer trimestre le darán un impulso a la inflación de los trimestres posteriores y a la inflación núcleo de principios de año.

En la decisión de aumentar precios no sólo entra la inercia, sino también lo que se espera que aumenten los precios en el futuro, y lo que otros esperan que hagan debido a que esperan que se acelere la inflación, etc. Es un fenómeno bastante más complejo que la mera inercia.

La discusión de la inflación en nuestro país está atravesada por el tipo de cambio. Para desacelerar lo más posible se atrasa el tipo de cambio real. Cuando recupera terreno este último, la inflación se acelera. Aún resta pasar a precios minoristas la depreciación del peso del año pasado, mientras más dinámica sea la actividad, más rápido es el pass through. El dato positivo de actividad de diciembre indica que la actividad podría haber tocado piso y con ello se reavivará la inflación.

Existe la creencia que primero hay que resolver la crisis y luego preocuparse por el crecimiento. Primero lo urgente y luego lo importante. En los últimos 10 años siempre la administración de turno estuvo lidiando con lo urgente, el crecimiento quedó soslayado a la coyuntura. En particular, la inflación fue lo urgente para Cambiemos, el crecimiento quedó soslayado.

De esta manera, se fueron deteriorando estrategias de crecimiento, instituciones que incluso han debilitado el tejido social. Desde luego que no es fácil, lejos estamos de haber pasado la recesión, pero esto no debería frenar la discusión acerca de acuerdos básicos para lograr una estrategia duradera e independiente de quien gane los comicios de octubre.

El actual Gobierno aún se muestra cerrado para emprender este camino, el afán de ganar elecciones hace que sea más rentable insistir con la grieta a sentarse a dialogar. Y si cambia el signo político del Ejecutivo, posiblemente quieran enterrar en esa grieta a la oposición, en este sentido, con el escenario actual, no se puede dejar de ser pesimista respecto al futuro del país.