En la novela Pastoral Americana, publicada en 1968, Philip Roth sostenía que “‘La gente cree que la historia es algo que sucede a la larga, pero la verdad es que se trata de algo muy repentino”. Su frase es muy acertada para dar cuenta de lo que han sido los rápidos cambios políticos vividos en varios países de América del sur en los últimos años. La imagen de Chávez, Lula y Kirchner sepultando el proyecto del ALCA en Mar del Plata en 2005 parece hoy de un pasado muy alejado. 

El tiempo de la “marea rosa” se agotó o erosionó a una velocidad increíble y con un nivel de sincronización trans-fronterizo que ha invitado a análisis y sospechas. Lo cierto es que a través de distintas vías, partidos y figuras de derecha se han ido haciendo del control del poder ejecutivo en varios países. El desplazamiento escandalosamente rápido del presidente Lugo en Paraguay por la vía del juicio político en 2012 fue el inicio de un proceso que luego abarcó triunfos electorales de coaliciones de derecha en Argentina (2015) y Chile (2017). En Colombia (2014) y Perú  (2016) los candidatos de derecha vencieron ajustadamente en las segundas vueltas a sus rivales ubicados claramente dentro de la galaxia de la extrema derecha. A esos procesos deben sumarse otros dos: por un lado, la descomposición de la situación en Brasil tras el impeachment a Dilma Rousseff en 2016, que dio lugar a un brutal proceso de derechización cultural y política en ese país cuyo final no se avizora; y por el otro lado, los corcoveos de la vida política y social en Venezuela, que promete traer mayores niveles de inestabilidad.

De la marea rosa al pobre de derecha

El desarrollo de estos acontecimientos ha sido tan rápido que prácticamente ha dejado boquiabiertos no sólo a los progresistas e izquierdistas sino a buena parte de los analistas políticos. Las preguntas que se han suscitado son muchas: ¿dónde estuvieron los actores de derecha todos estos años de hegemonía izquierdista y reformista?, ¿acaso estuvieron hibernando o en retirada mientras sufrían el apogeo y acoso de sus rivales o se dedicaron, por el contrario, a preparar su reciente retorno triunfal? ¿Los grupos de derecha que se han hecho del poder en diversos países sudamericanos son responsables de su triunfo o, más bien sólo usufructuaron la derrota de sus adversarios de izquierda, expuestos ante el cansancio de una parte de sus electores tras años en el gobierno, en muchos casos golpeados por los rebotes del affaire Odebrecht y otros escándalos e incapaces de ofrecer lecturas convincentes acerca de cómo orientar la política económica? Puede ser que las preguntas sean engañosas y en realidad sea legítimo pensar que hay una cuestión de temporalidades: hubo un momento para refugiarse ante las derrotas electorales, identitarias y simbólicas y hubo un momento para curarse las heridas, pensar y ejecutar estrategias, erosionar a los gobernantes y seducir a posibles socios desencantados con el rumbo tomado por la agenda reformista. Defensa y control de daños primero y ataque y ambiciones después.

Una comprensión ajustada de esos procesos de triunfo –electoral, judicial o para-judicial- de las derechas en América del sur nos exige prestar mucha atención a cómo fue el proceso de ampliación de las alianzas sociales y políticas. Ello implica percibir no sólo a los intereses desplegados por el gran empresariado, frecuentemente irritado con las regulaciones del Estado que afectan sus tasas de ganancia, sino sobre todo a quienes tienen intereses socio-económicos no tan evidentes como esos. Sebastián Piñera, Mauricio Macri, Juan Manuel Santos o el saliente Pedro Pablo Kuczynski recibieron millones de votos de sus compatriotas porque fueron capaces de encarnar de una manera más creíble que sus adversarios de extrema derecha o de centro-izquierda cierta imagen de futuro. Poco importa si se trataba de promesas incumplibles o cínicas. Las enormes complicaciones del gobierno de Michel Temer en Brasil se derivan, precisamente, de su incapacidad para ofrecer algún tipo de futuro atractivo para sectores significativos de esa sociedad luego de haber hecho la tarea sucia de desalojar al PT de Brasilia. La tematización muchas veces burlona del “pobre de derecha” o del coxinha  en Brasil testimonia, precisamente, la existencia de ese apoyo electoral no elitario a candidatos que integran las elites: quien logre desentrañar las razones -las objetivas y las declaradas- de esa identificación tendrá un acceso privilegiado a un problema político de primera magnitud como es el consenso que ofrecen al orden social quienes llevan la peor parte en la distribución de bienes, prestigio y oportunidades.