Mauricio Macri quiere mostrarse como el aliado predilecto de Estados Unidos en la región, pero las políticas de Trump complican su estrategia. El presidente argentino apuesta acríticamente a la profundización de la globalización neoliberal, a través de la firma de mega acuerdos de libre comercio y de la defensa de instituciones como la OMC, la OCDE, el Foro de Davos o el FMI, mientras que Trump profundiza el proteccionismo y complica las exportaciones argentinas al mercado estadounidense. Además, por el rechazo regional que provoca la figura de Trump, recibirlo en noviembre de este año en Buenos Aires va a generar un clima más adverso que el que enfrentó Obama en marzo 2016.

Desde la asunción de Trump, hace un año, Macri buscó acercarse al magnate, luego de haber apostado por el triunfo de Hillary Clinton en las elecciones de noviembre de 2016. Tras intensas gestiones, el presidente argentino fue recibido por su par estadounidense en Washington el 27 de abril del año pasado. Apenas logró promesas de concretar el ingreso de limones tucumanos al protegido mercado estadounidense.

Unos meses más tarde, el número dos de la Casa Blanca viajó hasta Buenos Aires. El 14 de agosto, un día después de las PASO, se produjo la visita del vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, en el marco de una gira que incluyó, además de la Argentina, Colombia, Chile y Panamá. El mandatario estadounidense llegó días después de la temeraria amenaza de Trump de una intervención militar en Venezuela. Tras el encuentro con Macri, en el que elogió la política económica que viene implementando, anunciaron un acuerdo para habilitar el todavía demorado ingreso de limones en Estados Unidos, pero a la vez para permitir la exportación de carne porcina hacia la Argentina, lo cual produjo quejas de los productores locales, que denunciaron el riesgo de perder hasta 35.000 puestos de trabajo.

Apenas una semana más tarde, el 22 de agosto, se conoció la decisión del Departamento de Comercio de Estados Unidos de cobrar aranceles prohibitivos (57% en promedio) a las importaciones de biodiesel provenientes de Argentina, ratificada en los primeros días de 2018. Esas ventas significaron en 2016 el 25% de las exportaciones al país del norte. Esta decisión produjo un cimbronazo en el gobierno argentino, quejas de múltiples productores y corporaciones agropecuarias y la muestra cabal del fracaso de la política de alineamiento, que hasta ahora no produjo ventajas económicas en el vínculo bilateral.

Esta decisión del Departamento de Comercio de aplicar elevados aranceles al biodiésel argentino, anunciada apenas una semana después de la visita del vicepresidente estadounidense, echa por tierra las expectativas de una mayor convergencia comercial bilateral. El gobierno argentino insiste en abrir la economía, pero no logra revertir el proteccionismo agrícola de Estados Unidos y Europa, con lo cual la balanza comercial arroja saldos negativos. El déficit comercial del 2017 fue récord. El 22 de diciembre se anunció el reingreso de la Argentina al Sistema Generalizado de Preferencias –programa de rebaja limitada de aranceles a países “en desarrollo” del que había sido suspendido nuestro país en 2012 por los conflictos con empresas estadounidenses ante el CIADI-, pero hay presiones para que Trump elimine directamente esos beneficios. La buena noticia fue opacada por la confirmación, el 4 de enero de 2018, de un arancel del 72% al biodiesel argentino por parte del Departamento de Comercio estadounidense, bloqueando exportaciones que proyectaban llegar a 1.500 millones de dólares este año.

Esto es apenas una muestra de la necesidad de converger con los demás países latinoamericanos para negociar con las potencias extra regionales desde una posición de mayor fortaleza. Negociando individualmente con una gran potencia, Argentina tiene todas las de perder. En cambio, hay ejemplos históricos de negociaciones exitosas cuando se alentó la convergencia con otros países similares. En la reunión ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC) realizada en Cancún, en 2003, convergieron los países exportadores de bienes primarios y se pusieron de acuerdo para paralizar las negociaciones en tanto no se discutieran los subsidios agrícolas de Estados Unidos, Europa y Japón. La liberalización del comercio no puede abarcar solamente a la industria y los servicios. Algo similar ocurrió dos años después, cuando los países del Mercosur, más Venezuela, impidieron que avanzara el proyecto del ALCA.

Desgraciadamente, la estrategia de Macri parece ir en otro sentido. Asume acríticamente la agenda que las corporaciones impulsan en ámbitos como OMC, evita articular una política común con los demás países latinoamericanos –incluso en diciembre filtró a la prensa la voluntad de abandonar la UNASUR-, promueve una apertura comercial que estimula la desindustrialización local y alienta acuerdos de libre comercio, como el que están negociando la Unión Europea y el Mercosur, que profundizarían los desequilibrios.

Macri recibió nuevamente a Obama en octubre, a la OMC en diciembre y espera desplegar la alfombra roja a Trump en noviembre de este año, en la Cumbre presidencial del G20 en Buenos Aires, para mostrar que el gobierno argentino está comprometido con la globalización neoliberal y que aspira a ingresar a la OCDE y a adecuarse a los lineamientos del FMI.