A lo mejor las historias no tienen comienzo porque no son una línea, ni recta, ni espiralada, ni displicente. Nos acostumbramos a esquematizar el tiempo (nuestras vidas, más cortas o más largas) de modo que no tengamos que pensar demasiado, ni hacer relaciones, ni unir cabos sueltos. Quizás simplemente para esquivarle a la soledad.

Sea como sea, si una historia no tiene principio, difícilmente tenga final. Simplemente escapa lo mensurable, repele la mezquindad de los moldes, reclama la libertad de ser libre y conformarse (crearse) como quiera, como pueda.

Aun así, necesitamos concluir, cerrar, clausurar. Hemos mamado durante vidas enteras que es imposible empezar algo sin terminar primero algo otro, matarlo de asfixia. Pero cuidado con pretender hacer borrón y cuenta nueva. Cuidado con pensar que una historia se acaba cuando queremos que se acabe.

En los días, las semanas, los meses de hoy, flota en el aire un tufillo conocido. Hay olor a pizza y champán. Hay olor a goma quemada, olor a gas lacrimógeno, olor a palazo. Las banderitas y banderotas flamean en mástiles y edificios. Las bandas militares están desfilando en las avenidas, remanencias de días que pasaron y no. Hay frío, un frío terrible, y así y todo, festejamos.

Festejamos una independencia extraña, por lo menos polémica. No hay nacionalismo que opaque tanto indio muerto, tanto anarquista baleado, tanto desaparecido. Si hoy somos libres, y no nos importa nada, tal vez debería empezar a importarnos. ¿Cuánta nación suprimida hay debajo de esta, nuestra Nación? ¿Qué patria es posible sin una matria? Acá podemos festejar, comer locro, tomar chocolate caliente y lo que queramos, pero no por eso somos menos dependientes de los poderes de siempre, esas sombras espesas con firma de sociedad anónima.

Somos una nación que reclama más por Messi que por las cuentas con sabor a palmera del presidente. Estamos acá, demasiado cómodos en la incomodidad de ver cómo se va otra vez todo al carajo, y pensamos que cambiamos, que somos libres e independientes. No hay soberanía si tu techo es de estrellas y autopistas, ni libertad si los platos se llenan con imaginación. No hay nación si no hay derechos.

Para ser soberanos, debemos ser rebeldes. La clase política hace rato olvidó lo que es la rebeldía. La empresarial la conoce sólo como enemiga. En la cultura, en los rincones de libertad, está el germen de la insubordinación. Porque el grito de ¡patria! no significa lo mismo para cualquiera. La soberanía tiene que ser popular, tiene que ser participación efectiva. Sino, los mismos de siempre (esos que creíamos que se habían ido, pero que siempre están volviendo, y se reciclan, y cambian sus ropas, y en definitiva permanecen) van a seguir manipulando el timón de nuestros destinos con las brújulas de sus bolsillos.

Quizás si pensáramos que todo es una perpetua transformación perdería fuerza esa idea del fin, y ya no clausuraríamos tanta alternativa posible. Quizás si decidiéramos ser verdaderamente independientes, y nos animáramos a probar aunque sea una mezquina cucharada de libertad, nos pensaríamos distinto, y las fiestas patrias (matrias) tendrían un significado que trascienda la ideología de manual Kapelúsz.