La plaza pudo haber sido el sitio de un velorio a cielo abierto nunca visto si la Bersa calibre 40 que anoche un tal Sabag Montiel gatilló dos veces frente a Cristina Kirchner hubiese funcionado, o quizás algo peor: podría haber sido la plaza de las mil violencias, del estallido. Esa fantasía, la de lo que pudo haber sido y no fue, es el tema dominante de conversación de María Isabel, una costurera de Villa Martelli, mientras mira a las miles de personas que todavía marchan por Avenida de Mayo.

“Lloré toda la noche. Miraba en el teléfono las noticias, el video, me dormitaba, lo volvía a prender. No caigo todavía, creo que ella tiene un dios aparte”, cuenta “Isa”, como le dicen sus compañeras de la cooperativa “Las Flores”, que se compró las primeras máquinas gracias a un subsidio del INAES durante el primer mandato de Cristina, a la que conoció en un acto de Kolina, organización en la que milita, hace más de diez años. “Ese día me apretó muy fuerte la mano”, dice. “Ni Dios sabe lo que yo estaría haciendo ahora mismo si la hubiesen matado”.

“No pudieron, tampoco podrán”

Algunos, como ella, se movilizaron “por amor a Cristina”, otros “en defensa de la democracia”, otros “contra los discursos de odio”, o todo junto y a la vez, pero las consignas se desvanecían frente a la sola mención de esa posibilidad, lo que convirtió a la plaza a una catarsis colectiva. Todo bajo un sol pleno, que entibió las peores pesadillas de la noche del jueves y alumbró todo tipo de supersticiones y conjuros. “Nuestro milagro es ella”, decía un grafiti sobre Diagonal Norte.

“La última vez que me sentí así, con miedo, fue en dictadura”, dice Cecilia, una jubilada de Palermo. “Este miedo que tuve anoche es el mismo que tenía mi padre en esos años”.

“Hoy tienen otros métodos para hacernos callar. No son las fuerzas armadas, son los medios masivos de comunicación, los discursos de odio, la negación, y esta lógica de ellos o nosotros. Yo ya no creo en el perdón, porque perdonamos y la violencia vuelve, y siempre sobre los mismos”, dice.

“No pudieron, tampoco podrán”

Cerca suyo, Claudia asiente. Las dos llegaron temprano, pasadas las 12 del mediodía. Ya eran más de las cuatro de la tarde y las ganas de volverse eran muy pocas, pese al cansancio. Los ríos de gente seguían entrando y saliendo de la plaza, que terminó de llenarse como pocas veces en la historia reciente. La cantidad de movilizados “sin orga”, independientes, hizo recordar a otras convocatorias más amplias del peronismo, como el rechazo al beneficio del 2x1 para genocidas, en 2017.

“Por suerte no tengo tele, así que el estupor duró poco. Me enteré por mi hijo, que es militante. Él me avisó. Abrí la compu, miré las noticias y enseguida apagué todo. Es indecible lo que pasó, es la imagen del horror”, describe Claudia.

“No pudieron, tampoco podrán”

Sobre Diagonal Norte, y con el Obelisco de espaldas, Graciela busca un lugar donde sentarse. Llegó con su hija Camila, que estudia diseño en la UBA. Para ir y volver de Boulogne son dos bondis, dos horas. Graciela la espera en la esperada cuando llega de noche. Ayer, Camila bajó con la noticia en la boca. Sabe que su mamá es kirchnerista y supuso que no había llegado a ver el video del disparo. “No te alarmes, pero quisieron matar a Cristina”, cuenta que le dijo.

Las dos llegaron con un cartel que parafraseaba un verso de la Garganta Poderosa: “Esto comunican. Esto provocan. Esto sueñan. Esto son. Siempre lo fueron. Pero no pudieron. Y tampoco podrán”. Lo acompaña un “Nunca más al odio”. “Teníamos que estar acá, para que se escuche bien fuerte que Cristina no está sola y que este odio tiene que parar”, dicen, cada una con sus palabras. Es la segunda marcha a la que van juntas: la primera había sido para la sanción del aborto, a fines de 2020.

“No pudieron, tampoco podrán”

Pasadas las cinco de la tarde, desde el escenario se lee el comunicado conjunto que firmó el peronismo todo junto a organismos de Derechos Humanos. “El “límite”, del que hemos oído hablar mucho en las últimas horas, no se cruzó ayer”, se oye y Federico y Vanina mueven la cabeza. “No podemos estar más de acuerdo”, dice ella. Llegaron a la plaza desde Burzaco con Lisandro, el hijo de la pareja, que tiene once meses y medio. Nadie durmió anoche.

“Me quedé paralizada, varias horas, en silencio. No lo puedo creer, que otra cosa se puede decir. Me espanta la idea de que le pongan una pistola en la cabeza a Cristina y nadie haga nada. Menos mal que vinimos, para sentir todo esto”, dice ella y señala a su alrededor.

Federico, que es músico, se había tirado en el sillón. El jueves había sido largo, pero tranquilo. Pasadas las nueve de la noche, le avisaron por WhatsApp. “Automáticamente puse la tele. Sentí espanto, qué se puede sentir. Tengo amor incondicional por ella, pero mas allá de eso, esto no se puede permitir. La derecha tiene que entender que así no se puede seguir. Tienen que parar un poco”.