Un nuevo aniversario de aquellos días de diciembre del 2001, y hoy ya no son ríos de tinta los que corren llevando relatos, análisis y conclusiones sino inconmensurables cantidades de 0 y 1 transformados en palabras virtuales de portales y redes sociales. Todo un signo de época  que exhibe cuán lejos estamos de aquel diciembre, a pesar de seguir tan cerca. “Veinte años no es nada” lanzó Gardel a la eternidad, pero estos veinte años han sido una eternidad en la Argentina que, paradójicamente, hoy se encuentra en tantos lugares conocidos de aquellos tiempos, mejor que entonces, pero también más cansada y descreída.

Por eso sigue valiendo tanto como siempre la memoria del país que explotó hace veinte años para parir el que tenemos hoy. Porque entonces como en la actualidad la Argentina es un proyecto en disputa, y pensar en las continuidades y las rupturas con aquel diciembre se impone como condición ineludible de una refundación a la que la post pandemia ya empuja al país. Recordar dónde estuvimos para preguntarnos a dónde vamos como un ejercicio de esperanza, a pesar de lo nublado que se vea el horizonte.

2001 – 2021: Memorias y debates  de un país en disputa

LA FALTA DE PROYECTO DE LA DERECHA

Ante todo habría que decir que el 19 y 20 de diciembre del 2001 fueron tanto un punto de llegada como uno de partida. La rebelión popular que estalló en muchos puntos del país, con epicentro en la Plaza de Mayo, no fue un bife cocido rápido vuelta y vuelta sino más bien un espeso  guiso caldeado a fuego lento durante muchos años. Bien podría ponerse un punto de inicio en 1976 y el proyecto político-económico de la dictadura cívico-militar de instaurar un modelo neoliberal, que comenzaría a destrozar un país industrializado, prácticamente con pleno empleo, pobreza del 5% y un peso de la deuda externa sobre el PBI insignificante comparado con lo que hoy acostumbramos. Pero la cocción intensa del caldo que entraría en ebullición 35 años después del inicio de la dictadura se dio durante los años 90 y el menemismo.

El viraje total del país hacia un modelo de valorización financiera, con una reducción al máximo posible de las responsabilidades y las incumbencias del Estado nacional, la privatización de activos públicos estructurales y el fenomenal proceso de endeudamiento externo para sostener una convertibilidad ficticia asociada a la bicicleta financiera nunca fue un plan con futuro. Lo advirtieron un sin número de voces durante los años 90, y los estallidos sociales como los de Cutral Co, Mosconi y Tartagal que se extendieron a lo largo y ancho del país como una forma de resistencia a las políticas del vaciamiento y la exclusión ya marcaban que, más temprano que tarde, la burbuja se pincharía. Los niveles de desempleo y pobreza a los que se empujó a la población argentina eran sencillamente insostenibles, y no conducirían a ninguna otra salida que una profunda crisis con altísimo nivel de conflicto social.

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Lo que estalló en 2001 no fue un proyecto económico. Para hablar de proyecto es necesario pensar en su sostenibilidad en el tiempo. Lo que voló por los aires ante la rebelión popular fue un modelo de acumulación de riqueza del que se beneficiaron los sectores dominantes de la sociedad durante el tiempo que pudieron sostenerlo. Lamentablemente, veinte años después y luego de un importante período en el cual se recompuso significativamente la capacidad económica del país y la situación de sus habitantes, hoy volvemos a transitar penurias similares debido a la falta de cualquier proyecto a largo plazo por parte de las élites y el poder económico.

Cierre de empresas y desindustrialización, aumento del desempleo, caída del salario y el poder adquisitivo de la población sumados a un endeudamiento irracional para sostener ese cuadro insostenible son descripciones y no juicios de valor que bien la caben tanto al desempeño económico de la última dictadura o el menemismo como al reciente experimento del macrismo en el poder. Como también para semejanzas está el principal nombre propio que hoy ancla toda posibilidad de desarrollo nacional: el Fondo Monetario Internacional. Con las diferencias de cada proceso, lo que subyace a esas tres experiencias  y que resulta una de las características centrales tanto del 2001 como de la actualidad, es la incapacidad o la falta de voluntad por parte de los sectores dominantes del país para construir una alternativa sostenible, un proyecto de país viable con el que pueda discutir el modelo nacional y popular que hoy, una vez más, carga sobre sus espaldas el yunque de tener que apagar un nuevo incendio neoliberal.

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. Que los distintos sectores que componen la derecha argentina asumieran alguna vez la responsabilidad de proyectar y proponer un país real y no un eslogan, sería un paso adelante para la democracia argentina. A veinte años del estallido, sin embargo, no parece una opción dentro de su caja de herramientas.
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OTRO ESTADO Y LA DEUDA DE LA POBREZA

Con la reducción del Estado a su mínima expresión durante los 90, una enorme porción de la población argentina quedó excluida del sistema. El estallido se explica, en gran medida, porque los márgenes a los que eran expulsados los excluidos se engrosaron tanto que terminaron por asfixiar lo que todavía quedaba dentro. Pobreza y desempleo sin asistencia estatal es una bomba de tiempo, en 2001 y siempre. Millones de compatriotas sin alternativa alguna protagonizaron durante esos años protestas de supervivencia, desde cortes de calles y rutas hasta los saqueos. No habría podido ser de otra manera frente a un Estado que les daba la espalda o directamente los reprimía.

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Así como el primer peronismo interpretó las demandas de la argentina excluida de su tiempo y supo incorporar a la vida política y económica del país a grandes mayorías, el kirchnerismo rápidamente comprendió que tras el estallido era necesario incorporar por distintas vías a los emergentes de ese proceso. Por un lado recuperó para el Estado la responsabilidad de hacerse cargo de la asistencia a los sectores más vulnerables de la sociedad, construyendo una red de derechos, beneficios y prestaciones que hoy son la contención sin la cual no podría explicarse la paz social con los dolorosísimos indicadores de pobreza e indigencia existentes. Por otro, introdujo al sistema político y la gestión del Estado a la mayoría de las organizaciones sociales que surgieron como respuesta política de la población a la exclusión de los 90 y el abismo que existía entre la clase política de entonces y las demandas populares.

Esa especie de institucionalización de los resultantes del 2001 fue una de las marcas distintivas con las que el kirchnerimo hizo sobrevivir el sistema político que crujió aquellos 19 y 20 de diciembre y los meses posteriores. Las expectativas de la sociedad pasaron a tener una posibilidad de ser canalizadas por las instituciones del Estado, y política y sociedad dejaron de ser términos antagónicos que discurrían por caminos que no se tocaban entre sí como en la década previa. Ese saldo del estallido del 2001 sigue vivo en la Argentina del 2021, más allá de la endogamia que pueda mostrar en los últimos tiempos la dirigencia con sus discusiones y de los permanentes reclamos y discursos que abundan en la sociedad por una mayor escucha y cercanía de la política para con sus necesidades. Si no existiera el Estado que hoy llega, muchas veces tarde, ineficiente  e insuficiente, pero que llega al fin a sostener las necesidades básicas de la población, la actual crisis probablemente ya hubiese provocado nuevos estallidos como los del 2001.

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Lo que también persiste de aquel 2001, tristemente, son los niveles de pobreza e indigencia que registra hoy el país. Los años de crecimiento y estabilidad del kirchnerismo, si bien consiguieron reducir a la mitad la pobreza que recibieron, no lograron quebrar su carácter estructural y en sólo dos años (2018 y 2019) el macrismo la volvió a llevar a niveles similares a los del principio del milenio. Y luego, para colmo de males, sobrevino la pandemia y la histórica caída que el parate económico provocó. Si esta deuda de la democracia no  es enfrentada con soluciones estructurales, más temprano o más tarde es de esperarse que el país vuelva a encontrarse en una situación insostenible como hace veinte años atrás.

DEL “QUE SE VAYAN TODOS” AL “QUE SE VAYAN LOS DEL OTRO LADO DE LA GRIETA”

El kirchnerismo no sólo revitalizó al Estado incorporando a las organizaciones sociales y construyendo canales para las demandas de la sociedad, sino que impulsó como como una cuestión identitaria una profunda politización de la sociedad en todos sus aspectos. Debates y discusiones que habían sido barridos bajo la alfombra o esquivados durante años, como lo sucedido durante la dictadura, el endeudamiento y la fuga de los 90 o hasta la responsabilidad de los medios de comunicación en esos procesos que ayudaron a sostener, fueron puestos sobre la mesa para generar un gran debate social a cielo abierto. La política asumió su verdadero rol de propiciar discusiones en la sociedad, abandonando una larga etapa en la que osciló, lejos de discutir con el pueblo, entre el espectáculo y las roscas palaciegas.

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La capilaridad que alcanzó este rasgo que el kirchnerismo le imprimió al sistema político nacional llegó hasta la mesa de cada familia argentina, y es también una de las explicaciones de la supervivencia del sistema luego de haber sido condenado a muerte esos 19 y 20 de diciembre. Esa característica, la de una sociedad que discute política y la discute dentro de los márgenes del sistema institucional también es un resultado que pervive hoy de aquella crisis y lo que parió. Y la consecuencia lógica es que hoy esa discusión se exprese, en gran medida, a través de la polarización a la que le pusimos el nombre de grieta. Esa grieta es, justamente, una resultante inevitable de la politización de la sociedad.

Si en el 2001 el pueblo y la política iban por carriles distintos, en 2021 la sociedad también parece discurrir partida en dos polos que no se tocan pero cada uno de ellos con su identidad y su pertenencia política. Si en el 2001 el “que se vayan todos” unificaba todas las heterogeneidades de la sociedad frente a un antagonista, que se identificaba con el sistema en sí y todos sus representantes, hoy ese antagonismo se instaló en el seno mismo de ese sistema. La política ya no es lo que se cuestiona, sino que lo que aparece como causa de todos los males es el sector de la sociedad y su alternativa política que se encuentra del otro lado de la vereda. “Piquete y cacerola, la lucha es una sola”, uno de los himnos de aquel entonces, hoy resulta una fórmula imposible. El gesto de identificar al sistema como el enemigo mutó en colocarle esa categoría a los que, dentro del sistema, se aglutinan en una u otra de las dos grandes alternativas de representación actuales.

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Un pasaje de una sociedad enfrentada a su sistema político y unificada en el “que se vayan todos”, a una sociedad politizada y dividida en representaciones políticas que se constituyen como antagónicas y no logran establecer diálogo entre sí. Ni en las instituciones, ni en los medios ni en las mesas familiares. El conflicto de intereses inherente a cualquier sociedad se resignificó de 20 años a esta parte, con el saldo positivo de fortalecer el orden democrático institucional como vía de resolución de las diferencias. El desafío, sin embargo, parece ser el de superar el inmovilismo al que conduce esta nueva dinámica en la que la política se estancó en los últimos años y que, peligrosamente, va configurando escenarios de rechazo cada vez mayores por no resolver los problemas que arrastra la población. Una especie de loop que si se profundiza podrá volver a tocar la fibra del “que se vayan todos”, siempre latente en la memoria popular argentina.

LA DESESPERANZA Y SUS MONSTRUOS

El riesgo que conlleva el estancamiento de la política argentina para resolver los problemas del día a día de la población es la desesperanza popular y los fantasmas que puedan alimentarse de ella. Si en el 2001 había una furia profunda con el sistema político y un descreimiento total en las respuestas que pudiera ofrecer, la contracara de eso fue la esperanza que surgió de las revueltas populares. La sociedad, que había sido alimentada de anti política durante más de una década, de pronto se vio en las calles, organizando protestas y asambleas para proponer alternativas, sintiéndose protagonista y artífice de su destino. Entonces, parecía que todo podía cambiarse. Hoy, veinte años después, con el enojo para con la política direccionado hacia el otro lado de la grieta del que se encuentre cada quién, el rasgo distintivo con ese 2001 es que ninguna de las alternativas del sistema parece lograr ofrecer una esperanza real en un futuro posible, ya no al conjunto de la sociedad, sino siquiera a su propia base de sustentación.

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La perpetuación de las crisis que siempre vuelven, de dramas como la pobreza, la inflación o el desempleo, la imposibilidad de consolidar períodos de estabilidad, van mellando paulatinamente el espíritu de generaciones de argentinos y argentinas con la idea de que el país no tiene solución. Y en ese caldo de cultivo emergen los discursos de odio y anti políticos que hoy aparecen como la novedad del mapa político nacional y que están en plena expansión. El sistema que sobrevivió al “que se vayan todos” lo hizo a partir de volver a ofrecer esperanza. Hoy, la sociedad acorralada por una profunda crisis que lleva al menos cuatro años, no parece encontrar en el horizonte cercano una visión de un país que la contenga y le resuelva sus demandas, y resurge no tan de a poco una furia anti sistema que no debiera ser minimizada, pues sus alcances están fuera de lo calculable.

A veinte años de un punto de inflexión en la historia del pueblo argentino, muchos dramas irresueltos contrastan con la recuperación y las transformaciones positivas que el país atravesó desde entonces hasta hoy. La pandemia exacerbó y profundizó los conflictos latentes y de alguna manera, así como empujó al país más al fondo del pozo de la crisis, también puso sobre la mesa la necesidad de una refundación sobre nuevas bases como la que sobrevino después del estallido del 2001. La creatividad y la imaginación política, la voluntad de construir con los opuestos y no de eliminarlos, y la firme decisión de resolver las deudas estructurales y poner al país en una senda de estabilidad serán cualidades ineludibles para encarar los debates de la Argentina que viene. La memoria del 2001, de sus muertos y su tragedia social así lo exige.