Muchos son los interrogantes sobre el futuro de las relaciones de Argentina y Brasil con la llegada de Jair Bolsonaro a la presidencia. ¿Continuará el Mercosur? ¿La economía brasileña podría crecer a tasas razonables capaces de impulsar la alicaída actividad económica argentina? La política del país vecino es demasiado volátil para aventurar pronósticos confiables. Durante la campaña electoral, integrantes del actual gobierno adoptaron posicionamientos que indicaban un cambio radical en la política exterior: alineamiento incondicional con EEUU, traslado de la Embajada de Brasil en Israel a Jerusalén, distanciamiento explícito de China, abandono del Acuerdo de París, intervención militar en Venezuela. Bolsonaro llegó a sugerir la posibilidad de instalar una base militar norteamericana en territorio brasileño. ¿Y el Mercosur? “¡El Mercosur no es prioridad!”, sostuvo enfático Pablo Guedes, ya designado Ministro de Economía.

Estas posiciones cuentan con el ferviente apoyo del evangelismo pentecostal y del ministro de relaciones exteriores Ernesto Araújo -un cruzado contra el ‘satanismo’-, quien fuera indicado para su cargo por el ideólogo de Bolsonaro, el astrólogo Olavo de Carvalho, un anti-globalista que cuestiona el heliocentrismo y fustiga la omnipresencia del “marxismo cultural”. Esta Contrarrevolución Ptolemaica cosecha resistencias en la coalición gobernante. Las Fuerzas Armadas rechazan esta lectura milenarista. La voz cantante es la del Vicepresidente, el General Hamilton Mourão, quien descartó toda posibilidad de una base militar estadounidense y de una intervención militar en Venezuela. También, le restó posibilidades al traslado de la embajada. En consonancia con estos forcejeos, una delegación de congresistas del oficialismo visitó China y hasta se anunció el apoyo de Brasil a la creación del Estado Palestino. 

¿Quienes finalmente impondrán el rumbo a seguir? En las últimas semanas el Ministerio Público de Rio de Janeiro y los principales medios de comunicación desataron una tormenta que podría definir la pulseada. Ventilaron depósitos sospechosos en la Cuenta Bancaria del hijo mayor del Presidente, el Senador Flávio Bolsonaro. Se presagiaba una más de las tantas maniobras típicas de financiamiento de la actividad política, como contribuciones ‘voluntarias’ -aunque ilegales- de empleados designados por el entonces legislador provincial. Pero las revelaciones crecieron en gravedad. Se detectan operaciones inmobiliarias fraudulentas, lavado de dinero, un depósito en la cuenta de la Primera dama y lo más grave: pruebas contundentes de los vínculos del Senador con las funestas Milicias de Rio de Janeiro, ex policías integrantes de grupos de exterminio y asesinatos por encomienda. La madre y la esposa del principal sospechoso de haber asesinado a la Diputada Marielle Franco trabajaron en el gabinete del Senador hasta noviembre de 2018.

A un mes de asumir, la figura de Jair Bolsonaro luce desgatada, para algunos agonizante. Su continuidad dependerá de los apoyos que pueda conservar y de la disposición de las fuerzas armadas. Probablemente, las posiciones más radicales sean archivadas y se opte por una orientación más pragmática en línea con la autonomía que caracterizó la política exterior brasileña. El Mercosur y la Argentina no serían la excepción. En el peor de los casos, se abrirá la posibilidad de negociaciones bilaterales con terceros países, pero no habría rupturas abruptas. El comercio bilateral seguirá dependiendo del crecimiento de ambos países. En el caso de Brasil, de no mediar el draconiano ajuste fiscal prometido durante la campaña y del cual hasta el momento no existe información precisa, lo más probable es que continúe creciendo a tasas bajas, dependiendo de la incipiente recuperación del consumo y las exportaciones. Si se confirma el ajuste, al contrario, seguramente Brasil entrará otra vez en recesión con efectos negativos para las exportaciones argentinas.