Se acabó la campaña, se acabó la especulación. Luego de dos meses que se estiraron como chicle, finalmente llega el fin de semana de la verdad y el oficialismo debe sentirse aliviado. Salga como salga la elección del domingo, nada parecería resultarle más incómodo al Frente de Todos que esta especie de limbo entre una derrota anunciada, la obligación de una campaña forzada para una remontada tan épica como improbable, y las tensiones internas producto de pases de facturas y visiones diferentes de cómo enfrentar la profunda crisis que atraviesa el país. Con todas esas mochilas en la espalda, el oficialismo llega al domingo quizás con la cabeza más puesta en el lunes y en cómo rearmarse, sostenerse unido y definir un rumbo unificado para los dos años que le quedan de gobierno y la imperiosa necesidad de mejorar la situación de los argentinos en pos de buscar la reelección en el 2023.

El acto de cierre de campaña y la trama de sus preparativos dan muestra de lo anterior. Se pasó de la idea de un gran acto a una semana de las elecciones, con presencia de gobernadores y referentes de todo el país, a un cierre versión light que no llegó a durar una hora. Las versiones sobre los motivos de los cambios circularon para todos los gustos, que había que esperar para que CFK pudiera estar, que postergarlo permitía tener unos días más de campaña, que igualmente estaría todo el arco oficialista “bancando” al Presidente como único orador. Lo cierto es que los gobernadores prefirieron focalizarse en sus campañas locales, en concordancia con la estrategia del catalán Antoni Gutiérrez Rubí, y avisaron que se quedarían en sus provincias. CFK finalmente llegaría a la cita, pero sólo para hacer acto de presencia debido a su operación reciente. Y, a último momento, se decidió la “provincialización” del acto, enfocado exclusivamente en la PBA y con los discursos de Victoria Tolosa Paz, Sergio Massa y Axel Kicillof acompañando al del Presidente. En definitiva, las idas y vueltas propias del Gobierno en su forma de tomar definiciones, que evidencia por todos lados lo que cuesta la unidad en criterios comunes.

Los discursos no derrocharon optimismo, y si bien confrontaron con el macrismo, su herencia y sus actitudes durante la pandemia y en campaña, tampoco tuvieron el grado de beligerancia que los del cierre previo a las PASO. La primera candidata, Victoria Tolosa Paz, se centró en un mensaje de menos de diez minutos apuntado al sector productivo de la provincia y la aspiración de generar trabajo para superar la crisis. Massa, por su parte habló de cómo se recuperó el camino del crecimiento y que ahora comienza el camino de la inclusión. Su alocución duró siete minutos. En esa línea también se expresó el Gobernador Kicillof, quien habló de una “etapa de recuperación no solo macroeconómica, sino con inclusión social, que llegue a todos y todas, hasta el último... no dejaremos a nadie atrás”, sintetizando en la idea de “crecimiento con justicia social”. CFK aplaudía desde su silla a su hijo político predilecto. El Presidente, a su turno, se dedicó a enumerar los esfuerzos del Gobierno argentino durante este año y siete meses de pandemia, y volvió a afirmar que la principal deuda es con el pueblo argentino.

No hubo mucho más que eso en un acto un tanto desinflado, que pareció reflejar un estado de ánimo general del oficialismo, mucho más cauto que antes de las PASO, y con la cabeza puesta en el día después. El comienzo del discurso de Kicillof lo expone mejor que nadie: “Se conoce este acto como cierre de campaña, yo quiero proponerles que convirtamos al encuentro de hoy en el comienzo de una nueva etapa en la provincia y la argentina”. El Gobierno sabe que tiene un panorama electoral muy complicado, y ya se concentra en el lunes 15, primer escalón para llegar al 2023.

CÓMO LLEGA EL OFICIALISMO AL 14-N

Si el cachetazo de las PASO hizo tambalear la estantería del peronismo, y si los ajustes y cambios post electorales envalentonaron con la posibilidad de remontada épica, las últimas semanas plancharon un poco esas expectativas y hasta complicaron el escenario  para el Gobierno. Los dos principales temas de preocupación de la sociedad argentina, la economía y la inseguridad, golpearon fuerte estos días y vuelven a teñir de dudas las posibilidades lectorales del FdT.

El asesinato del kiosquero en Ramos Mejía, las protestas de los vecinos con represión policial incluida y la explosión del tema en la agenda mediática son un problema importante para un peronismo que se vio golpeado en su propio corazón: el municipio de La Matanza. La inseguridad es un problema estructural siempre presente en el conurbano, que suele liderar todas las encuestas y mediciones con excepciones coyunturales, y que con casos como este explotan en la opinión pública y se magnifican. Ante eso, la oposición plantó bandera en la utilización política del caso y el oficialismo tuvo el devaluado reflejo de salir a contestar con estadísticas. Tal vez la jugada más fuerte haya sido mandar al Ministro Sergio Berni a hablar en prime time televisivo el miércoles por la noche, para intentar desde sus posiciones más firmes neutralizar el discurso opositor de la mano dura para enfrentar la inseguridad.

Berni estuvo casi una hora en el programa RM de A24, conducido por Romina Manguel, hablando en detalle del plan que viene desarrollando en la provincia, de cómo no le temblaría la mano incluso para discutir la pena de muerte, y de los logros alcanzados que, aunque no terminan de solucionar el problema, permiten hablar de una reducción del 25% en los delitos en territorio bonaerense. Más allá de sus tecnicismos y su discurso de mano dura, el dato político de sus declaraciones fue la banca incondicional al Gobernador Kicillof, sobre quien afirmó que le brindó todas y cada una de las herramientas, recursos y libertades para que desarrollara su plan. Sorprendió el énfasis de esas afirmaciones, y frente a una oposición que critica al Gobierno bonaerense por “garantista”, que una figura tan asociada a la mano dura como Berni salga a bancar de esa manera a Kicillof en un momento tan sensible es un elemento para incluir en cualquier lectura del escenario.

El otro flanco flojo del oficialismo es la economía. Con el dólar blue a en su récord histórico de $207 y copando todas las tapas de diarios y graphs televisivos, las expectativas sobre una economía tambaleante se profundizan. Poco importa el ínfimo volumen que las transacciones de ese dólar ilegal representan en el conjunto de la economía, o el hecho de que el Banco Central viene de meses de compra de reservas, a pesar de las ventas en las últimas semanas. La sensación que se instala es la de una economía frágil, con poderosos agentes económico empujando una devaluación, y una negociación con el FMI que tiene que cerrar sí o sí antes del vencimiento de U$S 4.000 millones del 22 de marzo próximo, arreglo que le costará a la Argentina discutir metas fiscales (ajuste), disminución de la brecha cambiaria (devaluación) y reformas estructurales.

En ese contexto, el martes por la noche Alberto Fernández y Martín Guzmán cenaron con CEOS de importantes multinacionales para intentar conseguir su apoyo en la negociación con el Fondo. Los trascendidos del encuentro apuntan a una cierta cordialidad, pero una desconfianza por parte del empresariado sobre la capacidad que el Presidente tendrá para imponer sus perspectivas al conjunto de la coalición oficialista. Todo eso se monta en el discurso de la oposición sobre la falta de un plan económico para conjurar un combo peligroso ya no para el domingo electoral, sino fundamentalmente para el lunes después y los próximos dos años de gobierno.

Como si esto fuera poco, el INDEC informó la inflación de octubre que trepó al 3,5%, manteniendo la interanual por encima del 50%. Este número, de por sí catastrófico para el Gobierno, empeora si se tiene en cuenta que octubre fue el mes del congelamiento de precios del nuevo Secretario de Comercio Interior, Roberto Feletti, que no logró bajar el alza del índice de precios. Esto traerá aparejadas discusiones por reaperturas paritarias, en un contexto en el que el oficialismo cerraba su campaña en un día de nuevas protestas en las calles porteñas de movimientos sociales por mayor asistencia económica y alimentaria, un escenario ya prácticamente cotidiano en estos meses.

De todo esto se desprende una pregunta en términos políticos, que tiene que ver con cómo seguirá la coalición. Este jueves la CGT renovó sus autoridades, con la llegada de un triunvirato integrado por Héctor Daer, Carlos Acuña y Pablo Moyano. La cercanía de Daer y Acuña con Alberto Fernández no es una novedad, y el clan Moyano ya tiene experiencia en haberse despegado del kirchnerismo. Además, hay un acercamiento desde hace ya tiempo entre estos representantes del sindicalismo y la UTEP, con una fuerte presencia del Movimiento Evita, históricamente enfrentada a La Cámpora. ¿Será un polo de contrapeso del poder de CFK al interior del oficialismo en el que Alberto Fernández podrá apoyarse hacia adelante? ¿O habrá un alineamiento entre todos los sectores del oficialismo para enfilar los botes hacia la recuperación económica, la confrontación con los sectores de poder que se opongan y profundización del proyecto hacia 2023? Preguntas que habrá que seguir desde el próximo lunes.

EL OBJETIVO DEL SENADO BONAERENSE SIGUE EN PIE

Más allá de que el escenario de una posible victoria en la Provincia ya casi no aparece en los discursos del oficialismo, no toda derrota es lo mismo. Para el Gobernador Kicillof, el objetivo central de estos comicios tenía que ver con dar vuelta la correlación de fuerzas en la Cámara Baja provincial, donde actualmente Juntos Por el Cambio ostenta una mayoría de 26 Senadores contra 23 del peronismo. Incluso perdiendo, el oficialismo podría descontar esos tres escaños de diferencia y lograr un empate que, contando con el voto de la Presidenta de la Cámara, la Vice Gobernadora Verónica Magario, como elemento de desempate, dejaría al Gobierno provincial en una posición muy ventajosa para encarar la etapa que viene en términos legislativos. Para que se de este escenario el Frente de Todos debería sumar al menos dos puntos en la Primera Sección, superar el piso del 33,33% en la Séptima, y mantener el resultado de la Cuarta.

En la Primera se ponen en juego ocho bancas, actualmente repartidas en cinco para JxC y tres para el FdT. En caso que el peronismo logre achicar en dos puntos la diferencia de 40% a 35,86% por la que perdió en las PASO, el reparto sería de cuatro y cuatro bancas, y Kicillof ya se anotaría un poroto allí.

En la Séptima el panorama es más complicado, pero no imposible. La Sección reparte tres bancas, y si se mantiene el resultado de 54,57% a 30,15% de las PASO, las tres quedarán en manos de Juntos. Pero si el oficialismo alcanza tres puntos más, perforaría el piso del 33,33% y sumaría un escaño, que iría para Eduardo Bali Bucca.

En la Cuarta, si bien el FdT perdió por 49,79% a 33,13%, el porcentaje obtenido es mejora la pésima elección que hico el peronismo en 2017, y eso le permite que tres de las siete bancas en juego vayan para el Gobierno, lo que significaría un legislador más de los dos obtenidos hace cuatro años. Difícil pero no imposible, este escenario sería visto prácticamente como una victoria para Kicillof, que podría proyectar sus próximos dos años de mandato con otra soltura legislativa, y sin la necesidad de estar permanentemente en negociaciones con la oposición.

Así llega el Frente de Todos a las elecciones del domingo, atado con alambres pero funcionando, sin demasiadas expectativas por una remontada, pero poniendo la mira en el lunes 15 y de cara al 2023. Tiene muchos desafíos por delante para resolver la crisis que castiga al pueblo argentino a través de las múltiples problemáticas que se padecen. Pero quizás el nudo principal  a desatar sea la decisión interna del rumbo a asumir y el apuntar todos los cañones en esa dirección, minimizando las diferencias internas en pos de consolidar un proyecto de país que pueda diputarle a una oposición que saldrá fortalecida e irá por todo. En tres días comienza la verdadera carrera.