Alguna vez, un canciller argentino pronunció la famosa frase “la victoria no da derechos”. A partir de entonces esa sentencia pasó a ser llamada por algunos “Doctrina Varela”, en homenaje a su autor, respecto del trato que deberían tener los vencidos para con los vencedores. La frase había sido dicha en el marco de la ignominiosa victoria aliada, de cuya coalición nuestro país  era parte,  sobre el derrotado Paraguay de Francisco Solano López. Increíblemente el actual Jefe de Gabinete de Ministros, supo pronunciar esta frase luego de la victoria de Cambiemos en territorio correntino el pasado 9 de octubre.

Lo que resulta inverosímil de la afirmación del ministro Peña Braun es, que si algo pasó con posterioridad al último turno electoral es la confirmación de que el PRO, por el contrario a sus dichos, no sólo entiende que la victoria da derechos, sino que va por los de todo el resto de la población. A nadie escapa que la coalición gobernante ha tenido un resonante triunfo en las urnas, incluso mejor que sus propios pronósticos en algunos casos, dejando sorprendidos a quienes no encuentran ningún dato objetivo en la vida de las masas populares, que pueda explicar que alguien reafirme su voto por el tan mentado “cambio”.

El PRO indudablemente no ha tenido éxitos objetivos desde el punto de  vista económico y eso es claro. La inflación no ha bajado, por el contrario es más alta que durante el kirchnerismo, el salario ha perdido sensiblemente poder de compra, las tarifas públicas se han multiplicado de modo exorbitante y mientras el servicio sigue siendo el mismo, el país se ha endeudado más que ningún otro en los últimos dos años y  a sólo fines de sostener la valorización financiera y la posterior fuga de capitales.

Pero si las grandes mayorías de la población no han mejorado en su calidad de vida, sino que por el contrario hasta viven peor que durante el anterior gobierno, cabe preguntarse por qué el PRO no sólo se ha consolidado, sino incluso ha mejorado su performance electoral.  La respuesta es corta y sencilla: el éxito del PRO no está en el plano económico sino en el político.

Aunque busque presentarse como una fuerza nueva y post política, PRO es una colación electoral de claro perfil conservador que ha concretado lo que desde 1916 no pudo hacer la clase dominante argentina: crear un partido político propio, que represente sus intereses y que gane elecciones. Macri logró lo que no pudieron en su momento Ángel Dolores Rojas, Pedro Aramburu, Álvaro Alsogaray, Francisco Manrique o Ezequiel Martínez es decir, llegar al poder con un partido propio que exprese los intereses de clase de los sectores concentrados del poder económico argentino.

Algunos analistas han sostenido históricamente que la inestabilidad institucional de nuestro país, inaugurada en 1930, respondía a la imposibilidad de las derechas vernáculas en ganar elecciones con un partido organizado, competitivo y que exprese sus intereses sin dobleces. En ese caso, ahora que lo logra, cabe preguntarse si acaso esta nueva y amalgamada colación gobernante -que parece querer encaminarse hacia una nueva hegemonía-, no está haciendo todo lo posible para evidenciar que lleva en su sangre el ADN represivo y proscriptivo que antes han mostrado los gobiernos que, al igual que éste, lograron consolidar una alianza política en la que los factores fundamentales de poder fueron el poder económico encabezado por la Sociedad Rural, el sector financiero  y los alguna vez llamados “capitanes de la industria”,  una fuerte hegemonía comunicacional, una justicia acólita y el visto bueno de la embajada norteamericana. La respuesta es sí y el final del proceso, con las salvedades del caso, puede ser al igual que en todos los otros casos donde esa alianza de intereses gobernó: el conflicto social, que parece estar cocinándose aunque a fuego lento, pero que inexorablemente llegará si se proyectan y extreman en el tiempo las variables económicas y políticas actuales.

En suma, es un éxito enorme del macrismo (o del “círculo rojo” mejor dicho) recrear esa compleja alianza de intereses, unificarlos bajo un liderazgo construido pacientemente a lo largo del tiempo (a nadie debe escapar que esta historia empieza aquella tarde del 6 a 4 de Racing a Boca, cuando Macri –a la par que el Piojo López y el Mago Capria hacían desastres en la Bombonera– le ganó las elecciones a Alegre en el club de la rivera), y encima lograr el favor sostenido de buena parte del pueblo argentino. Tan cierto como ello, es que cuando los procesos llegan a la cima, después inexorablemente bajan y ya empiezan a verse, sólo hay que saber mirar, algunas hendijas por las cuales puede empezar a asomar la luz.

*Historiador