“Que es un soplo la vida, que veinte años no es nada” dice Gardel en “Volver” y el kirchnerismo, peronismo hegemónico del siglo XXI, parece darle la razón con una realidad que en muchos aspectos refleja ecos de ese PJ en crisis, interna y externa, que 21 años atrás recuperaba en las urnas el gobierno del país. Disputas por la conducción, liderazgos emergentes y liderazgos menguantes, necesidad de reconexión con una sociedad a la que se defraudó desde el gobierno poco tiempo atrás, reaparecen como elementos que marcan un proceso que bordea el caos interno en una coyuntura nacional caótica y con la población sedienta de representaciones políticas que la saque del infierno al que la van llevando. Peronismo de ayer, kirchnerismo de hoy, mismos desafíos y las deudas latentes con el pueblo.

Como tras la debacle del menemismo, el peronismo debe hoy reinventarse desde las cenizas del fracaso del gobierno del FdT, y en esa discusión no hay consensos establecidos. El golpe al mentón de la derrota contra Milei, mucho más dura y contundente que la de 1999 frente al radicalismo de De la Rúa, movió todas las estanterías de un peronismo en el que hoy por hoy todo está en cuestión. Incluso el lugar y la propia composición del kirchnerismo, ese movimiento político que rescató al peronismo del colapso de los 90, lo reactualizó  y hegemonizó en estas décadas una nueva conexión espiritual y política con el pueblo argentino. Incluso el lugar y la conducción de CFK, artífice del rescate en 2003 y 2019, de la reconquista de los corazones argentinos, figura de talla histórica al máximo nivel de uno de los movimientos sociales, culturales y políticos más relevantes de la historia latinoamericana y mundial contemporánea.

Kirchnerismo 21 años después

En un contexto actual de crisis económica, deslegitimación de la política y fragmentación de las representaciones, con muchos puntos de contacto con el del 2003, la muestra más evidente de los niveles de discusión interna en el kirchnerismo, y por ende en el peronismo, está en los diferentes actos que hoy reflotarán la liturgia recordando el triunfo de Néstor Kirchner hace 21 años. Lo que poco tiempo atrás hubiera sido una sola actividad, con una potente movilización, asistencia perfecta de dirigentes que se disputarían el estar en primera fila, y una poderosa foto de unidad, hoy muestra algo distinto.

Actos casi en paralelo y a 15 kilómetros de distancia, necesidad de correr uno de ellos para no pisarse, la confirmación a último momento de la reaparición de CFK en el acto opuesto al que ya tenía confirmada la presencia de Kicillof, el poroteo de quienes irán a uno, quienes a otro y quiénes a los dos. Y, sobre todo, la expectativa caliente en torno a cómo se ubicará la ex presidenta y qué dejarán hacia adelante y hacia adentro del universo K sus palabras.

GÉNESIS

Nada de esto se estaría hablando si 21 años atrás Néstor Kirchner no hubiera cosechado 4.313.131 de votos, el 22,25% del total, asegurándose una segunda vuelta contra Carlos Menem, que juntó  4.741.202 sufragios y llegó al 24,45%. La historia que culminaría el 14 de mayo de ese 2003 con la declinación de Menem, apenas 4 días antes del balotaje pautado para el 18, había comenzado tiempo atrás. La histórica asunción de Kirchner como presidente el 25 de mayo de ese año tuvo como génesis una profunda crisis interna del peronismo, producto de la debacle a la que el menemismo llevó al país y la derrota electoral de 1999. Cualquier similitud con la actualidad no es pura coincidencia.

Kirchnerismo 21 años después

Aún resonaban los disparos en la plaza de mayo y el sonido de las hélices del helicóptero que llevaría a de la Rúa al peor de los olvidos. Aún ardía el dolor por los asesinatos en aquella plaza, los de Kosteki y Santillán y los más de treinta baleados en las inmediaciones del puente Pueyrredón. Todavía la Argentina seguía sumida en el estallido social que le puso fin a la década neoliberal, cuando el 3 de julio del 2002 el entonces presidente Eduardo Duhalde anunció que se adelantarían las elecciones del año siguiente. Apenas una semana había transcurrido desde la represión policial conocida como la “masacre de Avellaneda”, que dejó la certeza de que Duhalde no podría contener el conflicto social y la necesidad de legitimar un nuevo rumbo para el país en las urnas cuanto antes.

En ese contexto, Duhalde anunció que los comicios que debían realizarse en octubre del 2003 se adelantaban al 30 de marzo de ese mismo año. La medida buscó ser una salida política a la crisis que no cedía, a pesar de que la economía comenzaba a estabilizarse tras la fuertísima devaluación para salir de la convertibilidad. Finalmente el barón de Banfield oficializaría su renuncia el 22 de octubre del 2002, aunque anunciando también que se quedaría en el cargo hasta que se realizaran los comicios y surgiera un nuevo primer mandatario. Casi un mes después, con el Decreto 2356/2002, la fecha de las elecciones volvió a correrse hasta el definitivo 27 de abril del 2003. La carrera al Sillón de Rivadavia, entre un inédito número de postulantes que reflejaba la crisis de representatividad del sistema político para con la sociedad, tenía finalmente su punto de largada.

Kirchnerismo 21 años después

Menem resurgía de sus cenizas y aparecía en el horizonte como el candidato de mayor fuste en un PJ dividido. Otros nombres que se barajaban eran los de los gobernadores Juan Manuel de la Sota (Córdoba), Juan Carlos Romero (Salta), Adolfo Rodríguez Saá (San Luis), Carlos Reutemann (Santa Fe) y Néstor Kirchner (Santa Cruz). El presidente Duhalde tenía sus fichas puestas en Carlos Reuteman, pero no logró convencerlo de presentarse. Lo mismo le sucedió luego con de la Sota, y así llegó finalmente a apoyar la candidatura de Néstor Kirchner recién el 15 de enero del 2003.

Quedaron finalmente conformadas tres listas, que deberían dirimir la candidatura en una interna partidaria: Menem/Romero, Kirchner/Scioli, y Rodríguez Saá/Melchor Posse. Menem apostaba a un triunfo en esa interna, pero todos los otros sectores del partido la consideraban un riesgo muy alto, por la proximidad con las elecciones generales y la posibilidad de que las fricciones inevitables dejaran muy desgastado a quien resultara ganador. Así fue que el 24 de enero del 2003 el PJ, en una solución inédita, decidió suspender la elección interna y habilitar a las tres fórmulas para que se presentaran con los símbolos partidarios, en lo que se conoció como la “ley de neolemas”. La unidad no cerraba y entonces todos a las urnas.

LA LLEGADA DEL PINGÜINO

Néstor Kirchner gobernaba Santa Cruz desde 1991 y venía olfateando el clima desde antes del estallido del 2001. Viajaba frecuentemente a Buenos Aires para mantener reuniones con distintos sectores en busca de consolidar una armado peronista que se parara en las antípodas de lo que había sido el menemismo. Su agenda en esas visitas a Buenos Aires las manejaba Alberto Fernández. Kirchner empezaba así a construir su base política en los movimientos sociales y piqueteros, con movidas como su apoyo al Frente Nacional contra la Pobreza (FRENAPO) y un diálogo constante con dirigentes como Edgardo Depetri o Luís D´Elía.

Sin embargo, su figura era muy poco conocida a nivel nacional y a medida que se acercaban los comicios las encuestas lo daban totalmente fuera de la disputa. Tanto los otros dos candidatos del peronismo como López Murphy aparecían con una intención de voto mucho más alta que la de Kirchner, que había encarado una campaña austera bajo los slogans “Un país en serio” y “primero Argentina”. La jefa de esa campaña era Cristina Fernández de Kirchner.

Kirchnerismo 21 años después

Con el apoyo de Duhalde más consolidado y a medida que fue avanzando la campaña, Kirchner fue haciéndose más visible para una población que no lo conocía y su intención de voto comenzó a crecer a partir de su discurso progresista de defensa de los intereses de los trabajadores y las mayorías. El 2 de abril, el Frente para la Victoria realizó un enorme acto de campaña en un estadio Monumental repleto de gente, con una convocatoria que se calculó en 50 mil personas y que sirvió de fuerte espaldarazo para el tramo final de la campaña.Finalmente, aquella jornada 21 años atrás terminó de encumbrar a Kirchner y abrió la puerta a una nueva era política en la Argentina. Unos 19.930.911 de argentinos y emitieron su voto, marcando una participación del 78,22% del padrón, un 7% más de lo que había sido el nivel de participación en las legislativas del 2001.

Los tres candidatos del peronismo obtuvieron rotundas victorias en sus respectivas provincias: Menem sacó el 81,93% en La Rioja, Rodríguez Saá el 87,39% en San Luis y Kirchner el 79,25% en Santa Cruz. El candidato cuyano se impuso además en Mendoza y San Juan, mientras que Menem pisó fuerte en el centro del país, el litoral y gran parte del norte, con victorias en Córdoba, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe, Chaco, Salta, Tucumán, Misiones, Santiago del Estero, Catamarca y La Pampa. Para Kirchner, por su parte, fue clave la victoria en la provincia de Buenos Aires, donde obtuvo 1.885.226 votos, a lo que se sumaron los triunfos en las provincias del sur, Formosa y Jujuy. El único distrito en el cual no ganó el peronismo fue la CABA, donde salió primero López Murphy con el 28,85% de los sufragios y segunda Carrió con el 22,86%.

KIRCHNERISMO 21 AÑOS DESPUÉS

Tres presidencias pasaron desde aquel entonces, encabezadas por ese nuevo actor que irrumpió hace dos décadas en el escenario nacional. También una en la que el neoliberalismo destruyó todo como siempre y lo volvió a subir al ring, y otra que lo tuvo como coprotagonista del peor de los fracasos del peronismo en su historia. Hoy, el kirchnerismo intenta que el golpe de Milei no sea de Knock Out para su proyecto nacional y popular, pero se encuentra en un momento que recuerda al del PJ preelectoral del 2003, con saldo irresueltos sobre lo que falló hacia atrás, y discusiones sobre cómo se debe conducir hacia adelante.

Que haya dos actos para reivindicar lo mismo (a pesar de que se traten de inauguraciones locales), en municipios colindantes, a 15 kilómetros de distancia y cada uno con la centralidad de las dos máximas figuras como los son CFK y Kicillof, es todo un síntoma. Que la ex presidenta haya confirmado recién esta semana su participación en Quilmes, cuando ya se sabía que el gobernador bonaerense iba a estar ese mismo día y casi a esa misma hora en Avellaneda muestra, de mínima, una falta de coordinación e intercambio, y de máxima, una decisión política.

Kirchnerismo 21 años después

Qué lugar elegirá ocupar CFK esta tarde es la gran pregunta que atraviesa al peronismo. La ex presidenta difícilmente se pare solamente en las críticas a Milei, esquivando la discusión interna del kirchnerismo. Sería un lugar fácil que no justificaría del todo su primera aparición en público con el nuevo Gobierno. Para eso alcanzaría otra carta.

¿Se ubicará como conductora del conjunto, retomando la centralidad política de la cual parece haber decidido correrse un poco desde que pidió que agarren el bastón del mariscal? ¿Dará señales sobre una bendición definitiva para su sucesión, proceso que inevitablemente deberá ocurrir en algún momento si ella decide no ser  más candidata, y tras el fallido doble comando de la experiencia FdT? ¿Serán esas señales un empoderamiento de Kicillof, pidiendo que todos lo acompañen en la difícil tarea de gobernar una Buenos Aires desfinanciada y al mismo tiempo ponerle la cara a la oposición a Milei? ¿Se parará como conductora un sector más acotado, su núcleo, La Cámpora, reafirmando su praxis de los últimos tiempos en los que ejerce su liderazgo sólo a través de Máximo?

Kirchnerismo 21 años después

Todas esas dudas revuelven el caldo kirchnerista que hoy hierve en estado de ebullición. Espadas cercanas a Kicillof, como Larroque, Mario Secco o Jorge Ferraresi, cuestionan la “conducción de tres ñatos por WhatsApp” de CFK. Esos “tres ñatos” son Facundo Tignanelli, Emmanuel González Santalla y Martín Rodríguez, hombres fuertes de La Cámpora en territorio bonaerense. El planteo de los actores cercanos al gobernador es que la conducción de CFK no se acepta delegada en Máximo y los suyos. De fondo, disputas locales, como La Cámpora haciéndole una interna a Ferraresi en Avellaneda con González Santalla como referente, o Ferraresi rompiendo el bloque legislativo en el Lanús que conduce el camporista Julián Álvares.

Situaciones como esa se replican en muchos territorios bonaerenses y prefiguran la discusión por las listas del 2025. En los últimos turnos electorales, la lapicera en manos de Máximo con la anuencia de CFK dejó muchos heridos. El principal, el propio Axel Kicillof. Aunque el gobernador no se metió en la disputa por los lugares el año pasado, el resultado es una Legislatura donde no tiene anclajes propios y la consecuente dependencia de las negociaciones con Máximo Kirchner para gobernar. La Cámpora, por su parte, encontró ese mecanismo para asegurarse posiciones de poder en un gobierno bonaerense donde se considera sub representada por la negativa de Kicillof a abrirle más espacios.

Kirchnerismo 21 años después

Esa es la dinámica política que hoy cruje en el territorio que 21 años atrás le dio el triunfo a Néstor Kirchner e inauguró una era. Esa era tuvo un punto de inflexión en el estrepitoso fracaso del FdT, del que nadie puede despegarse más allá de los intentos dialécticos y los análisis forzados. Este es el contexto en el que hoy hablará Kicillof en Avellaneda, CFK en Quilmes, del que Sergio Massa elige despegarse sin ir a ninguno de los dos actos y que el resto del peronismo estará mirando con lupa, buscando una brújula que marque hacia dónde y cómo seguir.

Veintiún años después de una elección a la que tuvo que ir con tres listas diferentes producto de su crisis interna, todo el peronismo espera hoy definiciones por parte del kirchnerismo del cual depende su suerte. La Argentina cíclica y en loop se repite a sí misma, mientras la población vuelve a sufrir la economía insensible de la derecha y ansía una representación política que le ofrezca un futuro posible y diferente con el cual esperanzarse. Difícilmente repetir acríticamente las recetas que en el pasado dieron tantos éxitos como fracasos lleve al peronismo a una reconciliación con la sociedad. Si hay algo nuevo por surgir, como sucedió hace 21 años, quizás hoy pueda verse algún atisbo.