El inicio del año es esa época en la que el calendario está casi en blanco y todos tenemos mucho por hacer. Quizás ese sea un buen tiempo -tanto para emprendedores como para procrastinadores- porque el futuro se les muestra como algo prometedor a uno y a otros. Un denominador común que recorre ese tiempo es que se llena mayormente de un tipo específico de expectativas: las positivas. ¿Qué parece depararnos el futuro en lo personal o en lo colectivo? Solo cosas buenas, las que el porvenir parecería tenernos siempre guardadas. Y es que cuando proyectamos el inaprensible futuro, la candidez suele ganarle a cualquier mirada pesimista o de desánimo. Es así, como sentimos con cierta cuestionable certeza dada por un optimismo ingenuo que sin más terminaremos por alcanzar nuestras metas u objetivos personales o aquellos propios de la dimensión social: pagaremos nuestras deudas, conseguiremos llegar a nuestro peso ideal, encontraremos más tiempo para hacer lo que nos hace felices, bajará la pobreza, disminuirá la mortalidad infantil, se divorciará la política de la mentira... En definitiva, al inicio de cada año, que todo se resuelva solo parece una cuestión de tiempo; y es que con una docena de meses por desandar lo imposible parece posible y lo improbable,  probable. Ahora bien, sumemos algo más, esa sensación optimista ingenua de que todo será mejor sin saber bien qué medios lo propiciarán, no solo se da en cada inicio del año sino también en las épocas de campañas presidenciales. 

La necesidad de un pensamiento activo y crítico sobre el futuro se resalta mucho más en esos tiempos pues es allí cuando la perspectiva del futuro se nos aparece y nos compele a construir una proyección de posibles modelos de futuro personal y colectivo. Todo presente siempre nos exige pensarnos en un posible futuro.

Si el futuro es necesariamente inasible por naturaleza, pues se desplaza siempre que a él nos aproximemos, por tanto, preguntémonos ¿sirve pensar en lo que no existe? ¿No será mejor simplemente “dejar fluir las cosas”? Pensar en perspectiva el futuro y orientar nuestras acciones hacia un modelo en particular implica animarse a confiar en uno mismo para centrar las expectativas y las acciones en la  creación del tipo de futuro escogido. Asimismo, pensar y actuar en consecuencia de lo que se quiere que sea el futuro implica abandonar la seguridad de que todo lo bueno caerá sin más como maná del cielo. La construcción del futuro constituye un pensamiento activo y vivo que no puede estar desvinculado del conocimiento dado por el bagaje de nuestras experiencias pasadas.

Nuestro campo de experiencias personales y políticas deberían ser siempre elementos que permitan construir las mejores proyecciones, evitándose la candidez o el pesimismo de lo que puede ser nuestro futuro. En esa actividad en la que se entremezclan nuestros posibles futuros personales con los posibles futuros colectivos, es necesario resaltar las diferencias entre lo transitorio y lo permanente, lo necesario y lo contingente. Solo al plantearnos a nosotros mismos expectativas claras y distintas sobre el tipo de futuro que queremos se puede dar comienzo a la generación del mismo.

Diseñar un futuro conjunto solo nos es posible si la siempre esperable conflictividad de visiones se transita democráticamente de modo constructivo. ¿En qué debería consistir esa constructividad política de un modelo de futuro conjunto? A mi juicio, en poder evaluar el compromiso que existe entre la palabra dada en campañas pasadas con lo que luego se hizo o se dejó de hacer. Ningún modelo de futuro es posible de construir si no hay una evaluación seria entre lo dicho y lo hecho. Si se confía en quien prometió muchas cosas y no consiguió ninguna o incluso hizo lo contrario, es posible que estemos abonando una concepción viciosamente circular del tiempo y todo esté destinado a repetirse para siempre al igual que en la película El día de la marmota.