La política partidaria ha cambiado en las últimas dos décadas. En la ciencia política hemos llenado congresos, seminarios y encuentros científicos con dos ideas centrales. La primera es lo que nos gusta llamar desnacionalización: en cada provincia, para cada cargo público en juego y en cada elección los electores votan distinto y los actores no son los mismos. La segunda es que el proceso de descentralización administrativa, fiscal y política que comenzó a mediados de la década de los ’90 modificó las reglas que vinculan a los actores políticos. Las provincias se volvieron importantes. Al igual que los gobernadores, sus diputados y sus senadores. Territorio, territorio, territorio.

Ambos procesos se reforzaron mutuamente para que hoy los actores políticos hayan apelado a una estrategia de supervivencia propia: las coaliciones. Desde 1999 en adelante dejó de ser una norma ver la Lista 2 y Lista 3 en el cuarto oscuro. Ahora, hay un ejercicio constante por instalar nuevos nombres, nuevos números y nuevas siglas. La dinámica de competencia electoral actual es coalicional. Y de ejercicio del gobierno también. 

Esta obsesión dirigencial por el control territorial les dio a las coaliciones un componente adicional: su construcción entre distintos niveles. Podemos pensar estos acuerdos como una House of Cards. No es la serie. Son las cartas (los partidos) que se conectan unos con otros (arman coaliciones) y se van apilando y formando distintos niveles (municipal, provincial y nacional) hasta llegar a la cima (la presidencia). Esto no es novedad en la política argentina. Pero hoy podemos verlo.

Estos procesos de construcción han tenido grados de éxito y fracaso desde el retorno a la democracia. Los cuales, a su vez, se han vuelto más complejos para ser comprendidos. Mejor para nosotros.

El Alfonsinismo de los ’80 fue, tal vez, la última experiencia partidaria pura, lisa, neta y llana de la que tengamos memoria. Con lo cual queda fuera del análisis. El Menemismo, en cambio, fue el primer ensayo innovador en esta dirección. Desde Anillaco llegó la ampliación de la coalición peronista hacia la UCeDé, hacia los empresarios y hacia segundas líneas de partidos menores. La victoria electoral fue de los herederos de Perón, pero el ejercicio del gobierno fue su ampliación. El problema devino con la sucesión, con el traslado de La Rioja a Lomas de Zamora.

La Alianza fue no solo una palabra que llegó para quedarse, sino la primera experiencia de coalición formal que supimos conseguir. El partido centenario de la UCR junto con la década del FREPASO despertaron tanto entusiasmo como euforia. La euforia se convirtió en suspicacia, en descontento y en desilusión. Falló en el desbalance de peso interno entre ambos partidos, en la imposibilidad de procesar las diferencias naturales entre ellos, pero sobre todo en el estilo del liderazgo presidencial. Separando la paja del trigo, quedan las personas.

La transición post-2001 nos dejó el Kirchnerismo con la presencia de un actor dominante con centro en un Peronismo renovado hacia la centro-izquierda, junto a nuevos actores partidarios de signo similar. Aunque no pareciera claro a simple vista, Néstor Kirchner, Cristina Fernández y otros imprimieron una dinámica coalicional a la construcción de poder. No se veía, pero ahí estaba. La novedad fueron los nuevos partidos aliados, creados desde la propia estructura estatal (Kolina, MIDES y Nuevo Encuentro, por ejemplo). El problema (y el error) fue la historia repetida como tragedia: la sucesión. Pero esta vez, desde Calafate hasta La Ñata.

Este rastrillaje histórico deja una enseñanza. ¿Qué sacamos en limpio? Las coaliciones no siempre resultan sencillas de construir. Apilar las cartas, conectarlas y armar pisos sólidos para los niveles superiores tiene sus dificultades. Para que se mantengan las reglas del juego son la clave. Pero la peculiaridad argentina es su informalidad: ninguno de los acuerdos coalicionales analizados han alcanzado un grado alto de formalización. Nadie tiene una birome.

El problema es que para jugar a las cartas hay que aprender. De sus reglas y de su funcionamiento. Si no, está el solitario. Que tiene lo propio.

Ahí viene la tentación. Saltar de un juego a otro es lo que las desarma.