A esta altura del partido ya no es ningún secreto que el núcleo de la dirigencia kirchnerista avizora un 2023 muy complejo en términos electorales, con una derrota a nivel nacional como el escenario más probable. Pero lejos de una interpretación en clave de interna o de disputa de poder, esa mirada no tiene que ver con una pelea con al albertismo o una posición caprichosa en respuesta a un Ejecutivo que no incluye a “la dueña de los votos” en la toma de decisiones. Más bien, el pesimismo surge del análisis de la situación económica y social, con dos indicadores centrales como ejes del problema: la inflación descontrolada y los salarios por el piso.

La renuncia de Roberto Feletti el lunes pasado a la Secretaría  de Comercio Interior, luego de que el área pasara de estar bajo la órbita Kulfas a la de Guzmán, fue una movida política que dejó un claro mensaje en la galaxia del Frente de Todos y de cara a la sociedad: el kirchnerismo, por decisión propia y luego de que sus posiciones no sean tomadas en cuenta por el Ejecutivo, se corrió absolutamente de la responsabilidad sobre las políticas económicas del Gobierno, particularmente en relación a los precios. Dicho de otra manera, los resultados de inflación, ingresos y poder adquisitivo dependen ahora pura y exclusivamente del albertismo, con Martín Guzmán a la cabeza.

Independientemente de que ese mensaje se deslinde de responsabilidades se impregne o no en la sociedad, la pregunta que surge es por qué, con un año y medio aún por delante y números palpables del proceso de recuperación de la actividad económica, una de las patas del FDT asume que por este camino la proyección electoral será irremontable. Desde otro ángulo, cuál es la particularidad de este momento con respecto a meses anteriores para que el kirchnerismo elija despegarse con tanta fuerza de la gestión nacional y abocarse de lleno a la construcción de su refugio en la provincia de Buenos Aires, desde donde eventualmente resistir un nuevo gobierno de Juntos por el Cambio.

Dos estudios permiten arriesgar algunas respuestas al interrogante. Por un lado, niveles inflacionarios como los actuales resultan, según una serie histórica, incompatibles con un triunfo electoral. Por el otro, con el salario promedio más bajo de la región y los niveles de ingresos por debajo incluso de la debacle macrista, tampoco es posible pensar en la reelección.

INFLACIÓN MATA VOTO

En el mes de febrero comenzó un derrotero inflacionario que el oficialismo no tenía en sus planes y que, hoy por hoy, brinda elementos para argumentar contra la posibilidad de una victoria en 2023 si se lo compara con otros momentos de la historia del país. Así lo planteó la consultora financiera Consultatio en un estudio de fines de marzo, que con el paso de los meses cobra cada vez más relevancia para entender el contexto político y la discusión interna del FDT.

El planteo central del estudio es que el acuerdo entre la Argentina y el FMI, lejos de tender a solucionar el problema inflacionario, depende de una dinámica de alza permanente de los precios para poder cumplirse en sus metas: “El programa acordado con el FMI no solo que no aborda los problemas estructurales que la afectan, sino que está diagramado implícitamente para aprovechar la inflación como variable de ajuste. Con ingresos fiscales ligados a la inflación actual y gastos relacionados con la inflación pasada, el programa actual depende en buena medida de que la inflación siempre sea creciente” explica.

Según esta mirada, el Gobierno necesita de la inflación para recaudar lo necesario para solventar el déficit fiscal con el cual va respondiendo a las demandas producidas por la inflación pasada. En ese sentido, la consultora expresa que las dimensiones del proceso inflacionario son aún desconocidas, y lo argumenta planteando que “la inercia actual se ve afectada por componentes estructurales que hacen del problema uno muy difícil de encarar, con buena parte del gasto y la deuda pública en pesos indexada a dicha medición. El dato que evidencia de mejor manera esto es la evolución de la inflación núcleo, el cual lleva 17 meses seguidos superando el 3%, algo que no ocurre desde la última hiperinflación y marca que el piso cada vez es más alto”.

Ese piso cada vez más alto del cual habla el informe pegó un salto considerable a partir de febrero. Para ese mes se esperaba un 3,9% de inflación, pero el INDEC terminó informando 4,7%. A la inercia de la salida de la pandemia se sumó la guerra en Ucrania y la disparada de los precios internacionales de las commodities, lo que decantó en un marzo de 6,7% y un abril de 6% de inflación, totalizando un 23,1% para los primeros cuatro meses del año. Incluso suponiendo que esos niveles tiendan a bajar, casi ningún análisis pronostica una inflación anual por debajo del 60%, aceptando que hoy por hoy todo tiende más a proyectar un 70%, y hasta existen los agoreros del caos que se animan a disparar un 100%. El ex presidente Macri ya se anotó en ese grupo de comentaristas interesados.

La cuestión es que, incluso suponiendo el mejor de esos peores escenarios, aquel en el cual a fin de año el alza de los precios ronde un 60%, el promedio de inflación mensual habrá terminado en un 5%. Y aquí viene el análisis histórico del estudio que permite arriesgar un pronóstico poco alentador para el oficialismo: desde 1985 al 2021, solamente dos oficialismos ganaron las elecciones cuando la inflación promedio de los tres meses anteriores a los comicios superaba el 2%.

Uno fue el de Raúl Alfonsín en las legislativas de 1985, cuando el promedio inflacionario se ubicó en el 2,1%, pero el factor político de la salida de la dictadura jugó a favor de un voto de confianza para el incipiente gobierno radical. El otro fue el de CFK en 2007, que obtuvo el 45% de los votos con un promedio de inflación para los tres meses previos a la elección del 2,3%. Allí la explicación de aquel triunfo tuvo que ver con que esos niveles inflacionarios venían acompañados de mayores aumentos de los salarios, en un proceso de recuperación de los ingresos que se extendería pese al contexto alcista de los precios por lo menos hasta 2012/2013.

El resto de los gobiernos que afrontaron inflaciones mensuales promedio de 2% o más en la antesala electoral perdieron los comicios. Le pasó a Alfonsín en 1987 (11,8% mensual promedio) y 1989 (20%), a CFK en 2013 (2,1% previo a las PASO y 2,3% en las generales), a Macri en 2019 (2,7% previo a las PASO y 4% en las generales), y al actual Gobierno del Frente de Todos el año pasado (3% previo a las PASO y 3,2% en las generales).

Con la inflación anualizada entre un 60% y un 70%, y un promedio mensual que difícilmente baje mucho del 5% en este 2022 según lo que proyectan los análisis, resulta difícil también suponer que el oficialismo pueda bajar a más de la mitad esos niveles de inflación en el primer semestre del 2023, lo cual lo pondría en la zona de riesgo histórica descripta. De hecho, si se toma como ejemplo el 2021, escenario previo a la disparada descontrolada de los precios, el índice anual del 50% significó un promedio mensual de alrededor del 3,5%. Ese escenario, que sería una baja razonable a esperar si este año la inflación termina entre un 60% y 70%, todavía tendría al oficialismo muy lejos de lo que la historia marca como un contexto propicio para los triunfos electorales oficialistas.

LOS SALARIOS PROMEDIO MÁS BAJOS DE LA REGIÓN, PERO CRECIENDO

La contracara de la inflación son los ingresos. Como marca el ejemplo del triunfo de CFK en 2007, si los salarios le ganan a la suba de precios, no todo está perdido en términos electorales. El problema para el oficialismo y sobre el cual insiste la tropa de la Vicepresidenta, es que en ese indicador los números argentinos también dan muy lejos de lo necesario para ilusionarse.

Un informe de la consultora de recursos humanos Jobint, compañía que nuclea las principales plataformas de búsquedas laborales como Bumeran, Zonajobs, Selecta o HiringRoom, analizó los niveles salariales de la región y los pasó a dólares para efectuar una comparación. Se tomaron en cuenta los datos de abril de los sitios de clasificados en Argentina, Chile, Perú, Ecuador y Panamá, y los resultados ubicaron a la Argentina en el último puesto para el promedio salarial, aunque ese resultado depende del tipo de dólar al que se haga la conversión.

La consultora explicó que el dólar MEP es el que menos distorsiones generaba a la hora comparar con el resto de los países, y tomado con ese parámetro el salario promedio argentino se ubicó por debajo de todos los demás en los 632 dólares mensuales. Chile lideró el ranking  con un promedio salarial de 1.138 dólares, casi el doble del argentino, y le siguieron Panamá (USD 1.037 mensuales), Ecuador (USD 808) y Perú (USD 803) antes de llegar al nivel de salarios argentino. Si se toma el dólar oficial como medida de conversión, la Argentina quedaría en segundo lugar detrás de Chile, con un salario promedio de USD 1.055 mensuales.

En el desagregado por jerarquía de los puestos de trabajo, el promedio salarial argentino convertido a dólar MEP resultó el más bajo tanto para los niveles de jefe o supervisor como para la categoría junior. Si en Chile para los puestos jerárquicos el promedio es de USD 1574 mensuales, en la Argentina es de USD 971, mientras que para los puestos de menor jerarquía el país trasandino tiene un promedio de USD 921 mensuales y la Argentina  uno de USD 426.

A su vez, otro dato negativo que reveló el informe de Joint fue que la brecha de género en los salarios pretendidos en Argentina fue en promedio la más alta de la región, con un 24,8% de diferencia entre los sueldos de varones y mujeres. En Chile esa brecha se ubicó en el 17,2%, en Perú en el 10,2%, en Ecuador en el 5,6% y en Panamá en 1,3%. La brecha argentina aumenta en paralelo a la jerarquía de los puestos de trabajo: es de 5,5% para los salarios junior, de 24,2% para los senior y semi senior, y alcanza un 39,5% para los cargos de mayor jerarquía. Esto se da en un contexto en el que la participación de las postulaciones femeninas sobre el total fue del 54%, la más alta de la región.

El dato rescatable del relevamiento de Joint es que los salarios argentinos son, en comparación y en promedio, los que más crecieron en los últimos dos años de todo el grupo de países analizado. Desde mayo del 2020 a abril del 2022, el promedio de los salarios argentinos aumentó en un 21,1% al dólar MEP y un 24,7% al dólar oficial. Ambos registros superan el crecimiento en Chile, que fue del 10,4% para el mismo período, así como los de Panamá y Ecuador que aumentaron 1,3% y 0,2% respectivamente. Perú, por su parte, registró una caída del 5,4%.

LA LEGITIMIDAD DE LA CRÍTICA Y EL RIESGO DE LA RESIGNACIÓN

Éstos son los números que el kirchnerismo mira con una preocupación que cada vez corre más riesgo de volverse resignación. Los planteos y las críticas de CFK y los suyos hacia la gestión económica del Ejecutivo tampoco nacen de un repollo. La Vicepresidenta puede hablar desde la legitimidad de haber dejado el país tras su segundo mandato con el salario mínimo en dólares más alto de la región.

A fines del 2015, ese indicador se ubicaba para el país en los USD 580 y era seguido por el ecuatoriano que estaba en USD 354, marcando una comparativa muy favorable para la Argentina con toda la región. Pero entre 2015 y 2019 el macrismo hizo caer un 62% el salario mínimo, llevándolo a los USD 221 y dejando al país en el octavo de los nueve puestos sudamericanos, solamente por encima de Venezuela.

Luego de esa catástrofe amarilla, el FDT afrontó los vaivenes de la pandemia y la guerra en Ucrania que dispara los precios en el mundo, y el salario mínimo se encuentra hoy en los $33.000 pero aumentará a $45.540 en junio tras el adelanto del aumento que propuso Máximo Kirchner y tomó el Ejecutivo. Haciendo el mismo ejercicio del informe de Joint y tomando tanto el dólar bolsa (MEP) como el oficial para hacer una conversión, se puede obtener una foto del momento actual de los ingresos argentinos.

El monto del SMVM a partir de junio convertido a dólares por la cotización del oficial al cierre de esta semana ($124,5) da un valor de USD 365,78. Pero si se toma el dólar bolsa, que cerró alrededor de los $211, el SMVM en dólares sería de USD 215,82. De esta forma, incluso con el adelantamiento del aumento, el salario mínimo del FDT aún se encuentra por debajo de los valores de 2019 y la gestión macrista.

Con estos niveles de alta inflación y bajos ingresos resulta más que lógico el diagnóstico del kirchnerismo de que el FDT está un tobogán que va directo a una derrota en 2023. Incluso tienen todo el sentido las fuertes críticas a la gestión económica del Gobierno de la cual hoy se despegan, enunciadas desde la legitimidad de haber dejado el país como lo dejaron en 2015 y desde la sensación de no estar cumpliendo el contrato electoral de 2019, o como dijo CFK, no estar haciendo honor a tantas esperanzas depositadas en la coalición gobernante por parte de la sociedad argentina.

Pero el gran interrogante que recorre hoy a esa base electoral del FDT, incluso compartiendo este diagnóstico, es si la situación es realmente irreversible o existe alguna esperanza de que la reactivación económica se sostenga y llegue con más fuerza a más sectores para permitir otro clima que pueda alumbrar un triunfo el año que viene. Allí es donde reside el gran riesgo de que el diagnóstico lleve a una resignación, que a su vez lleve a que las diferencias internas se profundicen a partir de estrategias políticas contrapuestas, profundizando el cuadro de crisis y allanando el camino para que la derrota electoral que los números de hoy auguran sea el año que viene una profecía autocumplida.

La respuesta a ese interrogante es política y depende de la posibilidad de una recomposición al interior del FDT y una unificación de discurso y de rumbo entre sus componentes, algo que hoy por hoy no aparece visible en el horizonte.