En 2011 publicaba un artículo que se titulaba: “¿El sello importa?”, una pregunta -aún vigente- referida a la competencia entre las listas del Partido Justicialista (PJ) oficial y las del peronismo disidente en elecciones generales de cargos nacionales. Sobre ese tema cabe destacar que desde 1983 se dieron numerosos casos y, ciertamente, no siempre resultaron victoriosas las boletas del primero. Sin ir más lejos, el PJ oficial obtuvo casi dos millones novecientos mil votos menos que la lista “Unidad Ciudadana” y quinientos mil menos que la lista “1 País”, ambos sellos peronistas disidentes, en las legislativas nacionales de Provincia de Buenos Aires de 2017.

Si bien la sanción de la Ley 26.571 (que introdujo las PASO) generó un marco de nuevos incentivos para las estrategias de los dirigentes partidarios -con financiamiento y control estatal incluido- para llevar a elecciones abiertas a la ciudadanía la resolución de sus cuestiones internas, las nuevas reglas no implicaron la desaparición de disidencias, ni mucho menos de los quiebres partidarios.

A modo de ejemplo de la vigencia de las estrategias de ruptura, puede observarse lo ocurrido hace unos días en la alianza electoral Cambiemos en el distrito de Córdoba. Ciertamente se trata de un distrito en el que no se realizan PASO para cargos provinciales, pero también es una provincia que ha evidenciado históricamente una elevada faccionalización interna en sus fuerzas políticas. Los partidos argentinos han apelado en numerosas ocasiones, antes y después de la existencia de las primarias, al uso de listas disidentes como estrategia para la resolución de conflictos internos en los comicios generales.

Desde el retorno de la democracia la Unión Cívica Radical (UCR) ha evidenciado desprendimientos de sus facciones, con diferentes niveles de éxito en sus desempeños electorales. Los casos del ARI, GEN, Recrear o de la Concertación Plural (de Julio Cobos), evidencian fuerzas nacidas de dirigentes radicales que, luego de romper con su partido de origen, compitieron contra las boletas oficiales de la UCR en comicios generales. Una de las fuerzas que integra la alianza electoral Cambiemos (el ARI) es, justamente, una fuerza nacida de la ruptura de dirigentes provenientes del radicalismo, lo mismo puede decirse de GEN, la cual surge de un modo similar pero que ha optado por otros socios para forjar sus alianzas.

Desde los renovadores hasta la actualidad, y a diferencia de los desprendimientos partidarios con perspectiva de más largo plazo que muestra el radicalismo, los disidentes peronistas han optado por formaciones partidarias que obedecen a estrategias cortoplacistas. El armado de listas disidentes peronistas suele tener como objetivo la competencia en una o dos elecciones puntuales para, luego de los comicios y de la consecuente medición de fuerzas, regresar en mejor posición en el PJ.

El peronismo disidente, desde el retorno de la democracia en 1983 hasta la fecha, puede ser analizado en función de cinco hitos o etapas: 1-los renovadores de los 80’s (con Antonio Cafiero a la cabeza, pidiendo internas democráticas y en contra de la “conducción ortodoxa” del PJ), 2- el Frente Grande (un grupo parlamentario que pasó al terreno electoral, convocando tanto dirigentes como votantes peronistas alejados con el liderazgo menemista), 3- las disidencias “K” (para rotular las listas del “Frente para la Victoria” y afines, patrocinadas desde el Ejecutivo Nacional en 2003, a los fines de confrontar con el PJ oficial, tanto en distritos díscolos como a nivel nacional), 4- los renovadores versión siglo XXI (liderados por Sergio Massa, y cuyo principal objetivo era formar un frente electoral de bases peronistas que convoque a sectores independientes alejados del kirchnerismo gobernante) y 5- las listas de Unidad Ciudadana (sello electoral usado en 2017, fruto de las dificultades de coordinación entre el PJ oficial y el sector kirchnerista en algunos distritos como Provincia de Buenos Aires).

Más allá de que hubo numerosas listas peronistas disidentes, nacidas por situaciones o enfrentamientos puntuales en algunos distritos (como ocurrió con Iturre y Juárez en Santiago del Estero), focalizar el análisis en esas cinco etapas, que no son enfrentamientos internos acotados a un solo distrito, nos permite sacar mejor ventaja de la comparación. Por ejemplo, algunas de esas etapas de disidencias se dieron en un contexto de peronismo gobernante (el Frente Grande, las listas K, los renovadores de Massa) y otras nacieron con el peronismo en la oposición (renovadores de Cafiero y Unidad Ciudadana con Cristina Fernández de Kirchner). Asimismo, algunas fueron estrategias exitosas electoralmente y otras no, en dos ocasiones quienes impulsaron listas disidentes lograron controlar el PJ nacional (Cafiero y Kirchner). Sin embargo, más allá de esas diferencias, en todas las oleadas de peronismo disidente hubo un punto en común: todas tuvieron vocación por la Presidencia de la Nación.

Ahora bien, ¿cómo fue el desempeño electoral de los disidentes peronistas? Si bien Antonio Cafiero vio frenado su sueño presidencial tras la interna con Menem de 1988, antes había alcanzado la Gobernación de Buenos Aires y el control del PJ oficial. Por su parte, el Frente Grande (en alianza con la agrupación PAIS y otras fuerzas) bajo la sigla FREPASO relegó a la UCR al tercer lugar en las presidenciales de 1995, las mismas en las que Menem era reelecto. Las listas del Frente para la Victoria, y otras denominaciones, se convirtieron en sellos electorales efectivos para que el kirchnerismo patrocinara candidaturas propias frente a un PJ que no se había alineado automáticamente en 2003. Cabe destacar que no sólo lograron controlar al PJ oficial nacional, sino que además se mantuvieron tres períodos presidenciales en el poder. Por último, la lista disidente de Sergio Massa, además de obtener un millón de votos más en Provincia de Buenos Aires que el PJ oficial en 2013, logró más de cuatro millones seiscientos mil votos (trescientos mil más que Néstor Kirchner en 2003) cuando salió tercero en las presidenciales de 2015.

Lógicamente una de las grandes preguntas electorales de este año es: ¿Cristina Fernández de Kirchner, va a buscar la Presidencia de la Nación por afuera del PJ oficial? Lejos de la intención de quien suscribe está el intentar predecir conductas de los actores partidarios argentinos. La evidencia de la historia reciente, indica que es muy probable que la facción kirchnerista compita en 2019 nuevamente mediante listas disidentes. La coordinación entre este grupo, el massismo y el peronismo federal en un frente enmarcado en el PJ oficial, se presenta hoy como un escenario poco factible. Asimismo, debe señalarse que, si bien las PASO fueron un diseño institucional nacido durante los años del kirchnerismo en el poder, fueron las fuerzas políticas que integraron la alianza Cambiemos en 2015, quienes mejor provecho parecen haberle sacado en términos de coordinación para una elección presidencial. En todos los casos, nuestro sistema político ha evidenciado cambios abruptos en plazos muy cortos, razón por la cual es muy prematuro aventurar hoy cómo se van a mover las piezas de aquí al cierre de listas.