La audacia intelectual que supone describir al peronismo ha sido y continúa siendo un desafío para historiadores, politólogos y sociólogos de todo el mundo. Sin la intención de avanzar en tamaña empresa, planteemos un interrogante que se inscriba en una discusión menos audaz pero no por ello irrelevante: ¿Cuáles son las limitaciones y potencialidades para que esa identidad política y sociocultural de los sectores populares de Argentina, tal como fuese descripta por Pierre Ostiguy, pueda disputar la presidencia en 2019 con ciertas probabilidades de éxito?

En primer lugar, el peronismo deberá resolver una cuestión a todas luces elemental para un régimen político que garantice la posibilidad de la alternancia: ser opositor. Esto no implica desconocer que las estrategias de sus diferentes espacios internos puedan ser disímiles. Es racional que aquellos que deban garantizar la gobernabilidad de sus distritos  tengan una conducta acuerdista con el ejecutivo nacional. El peronismo ha sido siempre mucho más institucionalista que lo que indica su reputación. Es racional, también, que quienes carezcan de esas responsabilidades tengan un mayor margen para erigirse como opositores recalcitrantes, toda vez que sus decisiones no tienen costos inmediatos en la gestión de gobierno.

No obstante, ser (y parecer) oposición es el punto de partida de cualquier fuerza política que pretenda instaurarse como alternativa. Como bien afirma María Esperanza Casullo, la crisis de representación política de comienzos del nuevo siglo, implicó, entre otras cuestiones, que los sistemas partidarios de la región se estructuren principalmente alrededor de un clivaje simple pero categórico: gobierno versus oposición. El peronismo debe simbolizar y representar esa oposición. Sin esa cualidad, se desvanecen las aspiraciones de ganar y representar a los sectores mayoritarios de la ciudadanía, descontentos con las políticas del actual gobierno.

En segundo término, el peronismo tiene un doble desafío cuya resolución marcará su suerte en 2019. Me refiero a la emergencia de un liderazgo y a la construcción de la unidad. A lo largo de la historia, la aparición de un líder carismático generó las condiciones para el encolumnamiento del movimiento detrás de una figura que representaba el espíritu de la época. Ocurrió con Menem a fines de la década del ´80, cuando triunfó sobre Cafiero en la histórica interna que lo empujó a la presidencia;  Kirchner hizo lo propio como emergente de la crisis de 2001 y Cristina significó la demandada profundización de ese camino iniciado el 25 de mayo de 2003. Aún más, Scioli fue la apuesta moderada de un peronismo que ofreció su mejor carta a una mayoría descontenta con las formas pero no con el fondo. Hoy, el peronismo es una liga de dirigentes más o menos débiles, con mayor o menor ascendencia territorial, con mejor o peor imagen en la opinión pública, pero con un denominador común: ninguno es un líder indiscutido.

En este sentido, la falta de un liderazgo es la causa y la consecuencia de la dificultad para construir la unidad. Los principales referentes del kirchnerismo han dado algunas muestras de voluntad de comenzar a cimentar una nueva propuesta con un puñado de dirigentes que no necesariamente tornan indiscutible el liderazgo de la expresidenta, pero que entienden que sin su bendición es improbable llegar con esperanzas a la cita del próximo año. Existe en esa decisión una maduración política que no muchos destacan y que pareciera comprender que ofrecer a la sociedad dos propuestas disociadas representará incuestionablemente la virtual certeza de una segura derrota, una trágica novedad para el peronismo en sus más de siete décadas de historia.

Por su parte, el peronismo no kirchnerista se mueve en un laberinto más complejo: necesita los votos del kirchnerismo, pero para obtenerlos no puede prescindir de negociar con los dirigentes que representan ese espacio. No puede pedirle los votos y dejarlos afuera. Al mismo tiempo, sabe que cualquier intento de acercamiento con aquel sector repele a muchos de sus potenciales votantes que podrían migrar nuevamente a Cambiemos. El segundo escenario plantea un desafío estratégico propio de toda campaña electoral. Negar el primero es cerrarse las puertas de la Casa Rosada.

El peronismo, entonces, debe ser opositor, necesita construir la unidad y demanda la emergencia de un liderazgo. Por supuesto, deberá embarcarse en ese camino ofreciendo un programa a futuro, una propuesta creíble y capaz de resolver los problemas de la clase media y los más humildes. Deberá renovar las caras y salirse de la trampa de la grieta que alimenta el gobierno. Deberá, hay que decirlo sin tibieza, procesar sus diferencias, atender la dimensión humana de los conflictos y sentar en la misma mesa a dirigentes que no dialogan hace años y que están impelidos a tener gestos de grandeza que hasta ahora no tuvieron.