La diatriba de Milei contra el Estado alcanzó su punto máximo en los últimos días, cuando definió a tal estructura “una asociación ilícita” que destruiría por dentro, al mismo tiempo que la consagra como instancia superadora de “las provincias”, territorios condenados por la casta que sólo pueden encontrar la redención en la purga o el desierto institucional.

Es allí donde queremos ir, a la idea que ha aflorado en los últimos tiempos, basada en los procesos desregulatorios, en la quimera del enriquecimiento individual y sin esfuerzo, y la anti-solidaridad que parece expresar con fuerza “La Libertad Avanza” y su principal referente, el presidente Javier Milei.

Leonel Trilling, un célebre escritor norteamericano colaborador de George Orwell en la década del 50´, publica su obra central en la crítica al liberalismo, llamada “La Imaginación Liberal”. Realiza un balance sobre las promesas y deudas del ciclo liberal, al que define como progresismo. En la actualidad, nuestro país ofrece la posibilidad de pensar lo que podemos llamar “los límites de la imaginación liberal”. En primer lugar, por la contradicción elevada al paroxismo de contraponer al liberalismo de argentinos de bien y al progresismo zurdo empobrecedor (licuando al extremo -igual que a salarios y jubilaciones- los lenguajes públicos de representación de una política nacional acumulada en la memoria democrática) como profundización de un antagonismo que ya requiere remontarse a figuras del s. XIX para cobrar sentido: Federales vs Unitarios, Civilización o barbarie. Incluso, invocando figuras como Domingo Faustino Sarmiento o Juan Bautista Alberdi para introducir una reforma constitucional por decreto y bajo represión policial en las cercanías del Congreso.  

El falso superávit construido por la dupla Caputo-Milei fue conseguido a costa de un ajuste que tiene como horizonte exitoso objetivarse en el tiempo al punto de cristalizarse en una dolarización que desde los principales espacios opositores se reconoce ampliamente como irreversible. Si se desregula la puja por la apropiación de la riqueza en un país endeudado y con una pobreza en crecimiento, las disputas entre las fracciones más fuertes del bloque de poder económico sólo encontrarán como obstáculo la colisión de sus propios intereses. Valorizando a los monopolios como verdaderos generadores de valor en la sociedad, Milei discute los fundamentos mismos del contrato social moderno.

Así, la historia acumulada en el Estado puede ser “convertida” (legal o blue)[1] en Unidades de Negocios diversificadas, la producción e industria pueden reducirse a una serie de “enclaves” en manos de conglomerados financieros; y las provincias a la discusión entre ser colonia o desierto. Resulta difícil sostener la comparación entre Trump o Cameron y Milei, ya que los primeros actúan en países que retienen su centro de decisión dentro de su propia jurisdicción.  Retomando la lógica de la dialéctica del amo y el esclavo, el decisionismo autoritario del líder republicano y su mentado “America First” se complementa en la proclama de “libre mercado” y “libre juego de inversiones extranjeras directas” de dirigentes como el presidente Milei. País acreedor-país endeudado. “Proteccionismo” en el centro- desregulación en la periferia.  Los efectos inmediatos implican la repetición de este fenómeno al interior del país: Poder ejecutivo “superavitario”- Provincias pobres. Los límites de la imaginación liberal son tales, que nos devuelven al acuerdo entre Torcuato de Alvear y Roca durante la primera presidencia de este último, en el que se consagraba la necesidad de una metrópoli intermediaria con los centros de decisión extranjeros a costa de un interior que resulta variable de ajuste, por lo que “todo sería rematado salvo el telégrafo y la aduana”. Colonia o desierto, las dos caras de la moneda libertaria que, en su rodar luego de lanzada al aire, reclama el sacrificio de la moneda nacional, de los recursos estratégicos, del valor del salario, de las luchas feministas, de la organización sindical, de la educación pública, entre otras

LOS LÍMITES EN LA LUCHA POR LA DESIGUALDAD EN AMÉRICA LATINA

Por otro lado, se ha establecido casi como un dogma la idea del rol del mercado en la configuración en nuestras sociedades, basada en la idea de la “libertad” contra cualquier límite de organización estatal que funcione como barrera al orden que genera asimetrías sociales mayores. A propósito de ello, Friedrich von Hayek en Los fundamentos de la Libertad (1998) expresa que la igualdad esencial que debería perseguir una sociedad libre es la igualdad ante la ley. Las diferencias entre los individuos son esenciales, la particularidad de una sociedad es la demanda de igualdad ante la ley y significa que la gente debería ser tratada igual a pesar del hecho de que son diferentes. Es en ese marco que descarta cualquier distribución de la riqueza realizada por el Estado; lo cual lleva a pensar que desde esa perspectiva que la diferencia es asimilable a la ¡desigualdad!

Hayek señaló la centralidad de la envidia, como muchos políticos, economistas y pensadores neoliberales latinoamericanos: “es probablemente una de las condiciones esenciales para la preservación de dicha sociedad que no consintamos la envidia, que no aprobemos sus demandas disfrazadas de justicia social, sino que la tratemos, en las palabras de John Stuart Mill, como ‘la más anti-social y nefasta de todas las pasiones”. (Popper 2015 (1945))[2].

El acento neoliberal concentra su batería en desestimar los problemas de la distribución como pilar de los debates modernos de la opacidad de la democracia, bajo un formato que transforma el planteo propio liberal de la división social del trabajo que formula el límite a las pasiones humanas, pero ya no el egoísmo para este pensamiento ortodoxo, sino la envidia, donde es necesario recurrir a esfuerzos discursivos, donde la entrada al paraíso del consumo de las clases altas es posible para todos las personas de este mundo (o casi).

En La Concepción del hombre de Friedrich Hayek (Vergara Estévez, 2015), está planteando la idea de que los hombres son desiguales en base a tres aspectos centrales: (a) su tesis de la desigualdad natural de los hombres; (b) las legítimas desigualdades económicas, y (c) las igualdades funcionales. En ese sentido, cada ser humano es un conjunto único de atributos, producto de una combinación única de genes de donde proviene. Y esta unicidad biológica es reforzada por las diferencias de educación y formación. Estas diferencias se expresan en la distinta capacidad adaptativa a la vida práctica, especialmente al mercado. Los seres humanos se dividen en la mayoría y la minoría. La primera constituye la masa, los menos originales y menos independientes, cuya fuerza reside en el número. Ellos son "insuficientemente civilizados", y se guían por los "atavismos".

Bueno, ¿usted esperaba menos?, pero esto continua con la idea de que las reglas sociales arcaicas de la sociedad tribal están basadas en la solidaridad (Hayek, 1998). Y asume incluso un mayor riesgo radical: las masas no comprenden las reglas y las leyes abstractas que rigen la sociedad extendida. Por eso, no logran adaptarse de manera adecuada a la competencia. La minoría, en cambio, posee todas las capacidades de las que carecen las masas. Son enteramente civilizadas, pueden comprender y aplicar las reglas abstractas que rigen la vida social y el mercado. Por ello obtienen éxito en la vida práctica y en el mercado como plantea el filósofo Vergara Estévez.[3]

Consecuentemente, sostiene que “en una sociedad de mercado, las desigualdades sociales y económicas son una consecuencia esperable y deseable del ejercicio de la libertad y de la competencia en el mercado entre individuos desiguales".[4] De allí, la idea expresada por adalides criollos y despeinados: La libertad no tiene nada que ver con cualquier clase de igualdad, sino que produce desigualdades en muchos aspectos. Se trata de un resultado “necesario que forma parte de la justificación de la libertad individual".[5]

Sin embargo, aún ante pensamientos extremos como negar la centralidad de las disputas en torno a la distribución, el pensamiento clásico liberal, como las versiones críticas ya sean marxistas o utópicas, nos remite a los debates en torno a la desigualdad social. Y la misma, más allá de las controversias de los acentos de preocupación ideológicos y/o gubernamentales, no deja de estar ligada a los comportamientos de las clases y grupos sociales que han pugnado por la distribución de la riqueza en algunos casos con mayor plausibilidad y en otros en francos retrocesos.

Sobre los vestigios aún humeantes de las protecciones laborales, se inspira un formato del viejo cambio: dirimir la puja distributiva cambiando la orientación de sus resultados en aquellos países que vieron emerger a principios de este siglo el ejercicio del poder del Estado que funcionó alejado de intereses de los grupos dominantes. Hoy la quimera de un sueño autocentrado en el esfuerzo individual nos arrecia como plataforma de los próximos años, y con ello el aspecto más oscuro del cambio social neoliberal: es oscurantismo más profundo en torno a las libertades individuales y la memoria colectiva. 

*Con la colaboración de Damián Mux: Lic. en Sociología por la Universidad Nacional de Mar del Plata, becario doctoral FONcyT.

[1] En Argentina, se denomina dólar blue al tipo de cambio ilegal.

[2] Karl R. Popper (2015 (2045) La sociedad abierta y   sus enemigos ePub r1.0, epulibre.

[3] Vergara Estévez, J. (2015) Mercado y sociedad: la utopía política de Friedrich Hayek, CLACSO. Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile, Uniminuto - Corporación Universitaria Minuto de Dios, disponible en https://biblioteca-repositorio.clacso.edu.ar/handle/CLACSO/16318

[4] Von Hayek, Friedrich (1998). Los fundamentos de la libertad, Unión Editorial, Madrid.

[5] Ídem.