“Llegó Larguirucho”, se escuchó en el Servicio de Informaciones (SI) de la policía de Rosario en la madrugada del 27 de julio de 1976, instantes después que el grupo de tareas conocido como La Patota de Feced ingresara con dos jóvenes detenidos. Los habían traído del FONAVI de Grandoli y Guitiérrez, donde fueron a buscar a un tercer joven a quien no encontraron. Daniel Gollan reconoció la voz que anunciaba su llegada, se trataba de José “el Pollo” Baravalle, un militante que se había convertido en colaborador de la dictadura. Comenzaba un calvario que duraría más de cuatro años.

Gollan había ido a dormir a la casa de su hermano mayor esa noche en que ambos fueron secuestrados por La Patota. Fue un hecho un tanto fortuito. Los militares buscaban a Gustavo, el menor de los tres hermanos, que no estaba en la casa. “Ese también está en la joda” sentenció otra voz que a Gollan le resultó familiar, quizás de un militante de la UES que frecuentaba su casa materna semanalmente por su relación con su hermano. Tuvieron que pelearla para que no se llevaran también a la esposa de su hermano y su beba de meses. Minutos después, los hermanos Daniel y Juan José contorsionaban su largos cuerpos de más de 1.80 metros para entrar en el Falcon que los llevaría al infierno.

El “Largui”, historia de militancia y resiliencia

RESISTIR

Lo primero fue una paliza, y que lo tiraran al aire entre varios efectivos para dejarlo caer al piso con peso muerto. Luego llegó la picana. “Este va a la parrilla” escuchó Gollan de boca de José Rubén “El Ciego” Lofiego, uno de los principales represores del SI de la ex Jefatura de Policía de Rosario, el centro clandestino de detención, tortura y muerte más grande de la provincia de Santa Fe, por el que se calcula que pasaron unos 2000 detenidos durante la última dictadura cívico-militar. Recibió descargas en todo el cuerpo, hasta en las encías. En algún momento después de las torturas, Daniel pispeó una ventana e intentó escapar. No lo consiguió, y como respuesta recibió otra paliza por la que terminó tirado en un baño, con la cabeza al lado del inodoro y el personal del SI orinándole encima.

Las sesiones de torturas inenarrables prosiguieron, hasta que horas después llegó algún militar con la orden de que los castigos podían continuar, pero que no debían matarlo. El “ciego” Lofiego le explicó lo que pasaba, mientras continuaba golpeándolo: "Así que vos sos sobrino del general Alcides López Aufranc. Por culpa de generales cobardes como esos tuvimos que llegar a esto". Su tío había hecho rápidas gestiones por él y su hermano, y probablemente salvó sus vidas con ello, aunque la pesadilla duró mucho tiempo más.

Juan José fue el primero en ser liberado, el 24 de agosto, día de su cumpleaños, ya que hacía poco que vivía en Rosario y no tenía muchas conexiones militantes. Gollan pasó unos 45 días en entre el sótano y el entrepiso de la SI, donde escuchaba los gritos de otros torturados, hasta que fue trasladado a la cárcel de Rosario, luego a Coronda y finalmente a Caseros. Recién para 1980, luego de largos y duros cuatro años, fue liberado con la condición que se fuera del país. Su destino fue Alemania. La vuelta debería esperar unos años, pero le depararía un futuro de luchas y conquistas que tal vez en ese momento, sumido en el horror, el Largui no podía imaginar.

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LAS RAÍCES

La vida de Daniel Gollan tiene una curiosa primera marca del peronismo. Su padre y su madre venían de familias radicales de Santa Fe, pero Perón seleccionó a su padre en su calidad de ingeniero químico para trabajar en el desarrollo de una piloto secreta en un pueblo cordobés llamado José de la Quitana. El proyecto duró hasta 1961, y allí pasó Daniel sus primeros años luego de venir al mundo el 5 de junio de 1955, once días antes de los bombardeos a Plaza de Mayo. Un recuerdo de aquellos tiempos es el día en que, con cinco años y jugando con amigos, iniciaron un pequeño fuego que  empezó a esparcirse entre la brisa y la sequía de la temporada, y terminó con la evacuación del pueblo entero.

Ya instalado en Rosario, empezaron a crecer en él las preguntas. Por aquél entonces el peronismo estaba prohibido hasta en su nombre para la sociedad argentina, pero a Daniel no le cerraba la historia oficial que le contaban y le picaba el bichito de entender la verdadera historia argentina, la que vivía el pueblo en las calles. Recuerda como un ejemplo que en 1963, cuando fue asesinado John F. Kennedy, él estudiaba inglés en Instituo Aricana de Rosario y sintió muy ajeno el carácter de duelo nacional con el que se vivó el suceso. Se preguntaba por qué se revalorizaba tanto lo extranjero mientras que había tanto de la propia historia del país que no podía siquiera ser nombrado. Lo atraía profundamente el contraste entre esos discursos dominantes y el sentir popular, como el del padre de un compañero suyo con el que estudiaba a los 12 o 13 años, que al fondo de la panadería que manejaba tenía colgado, a escondidas, un cuadro de Perón.

Su primer vínculo con la militancia vino de la mano de su hermano Juan José, seis años mayor, que ya militaba en el Ateneo de Santa Fe, y más adelante se sumó a la Juventud Universitaria Peronista (JUP). Por aquellos años el país ardía y la juventud era protagonista. El 17 de mayo de 1969, Daniel Gollan ya estaba próximo a cumplir 14 y se encontraba justo en la esquina de la galería Melipal, donde caería asesinado por la policía el estudiante de ciencias económicas de 22 años Adolfo Ramón Bello. La represión policial desmedida se había desatado contra una protesta pacífica de estudiantes que reclamaban por el asesinato, días atrás, del estudiante Juan José Cabral en la provincia de Corrientes. Vendrían el Rosariazo, el Tucumanazo, el Cordobazo, y Gollan iría sintiendo crecer su identificación con esa juventud que soñaba y luchaba por un país más justo y para cambiar el mundo.

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El otro hilo que conectó al joven Daniel con la militancia fue el trabajo de los curas tercermundistas que vio en los barrios. La casa de su familia quedaba a dos cuadras de la Catedral rosarina, donde iban a misa. Gollan se cuestionaba por el contraste entre esa visión ceremonial de la religión y el trabajo social de los curas que veía en los barrios, y allí fue naciendo la idea de que era necesario organizase no solo para hacer un poco de caridad, sino para transformar la realidad. Esa conciencia lo acompaña desde entonces, y desde allí entiende la salud o cualquier otro aspecto de la sociedad.

MILITANCIA

En 1973 ingresó a la Universidad Nacional de Rosario a estudiar medicina. Su madre lo convenció de hacerlo. Allí se sumó a las filas de la JUP y comenzó su formación y práctica militante. Fue entonces que nació su apodo de “el Largui”, por su porte flaco y alto. Pero ya con el golpe del 76 tuvo que abandonar sus estudios frente a los permanentes secuestros que ocurrían en la UNR. Se fue a trabajar a la Petroquímica Argentina, al norte de Rosario, y dedicó ese tiempo al activismo sindical. Sus secuestradores nunca tuvieron este dato, y Gollan recuerda esto como una “ventaja” a la hora de las torturas, ya que no sabían qué información intentar extraerle y eso le permitió nunca “soltar el dato”. No hubo secuestros surgidos de información él revelara.

Luego del exilio en Alemania, volvió al país y a la UNR para recibirse de médico en 1988, y completó una especialización en medicina sanitaria en la UBA con especificidad en epidemiología y administración sanitaria, que le valió la matrícula nacional Nº 37.950. Comenzaba un largo recorrido de más tres décadas en el sistema de salud pública que lo llevó por distintos cargos, siempre con la misma perspectiva sobre la salud y la militancia cono un todo.

 En 1992 fue designado Jefe de Medicina Sanitaria y Asistencial de la Región Sanitaria VII de la provincia, cargo que ejerció hasta 1994. Entre 2001 y 2003 fue Subsecretario de Atención Primaria y Unidades Sanitarias de la Municipalidad de Merlo. Ya con Néstor Kirchner en el Gobierno, entre 2004 y 2008 se desempeñó como coordinador del Programa Especial de Salud de la Dirección Nacional de Programas y Proyectos Especiales de la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva. En 2008 y hasta 2010 trabajó como subinterventor de la ANMAT. En 2013 fue Director Nacional de Análisis Técnico y Control del Narcotráfico en el ámbito de la SEDRONAR. En 2014 asumió como Secretario de Salud Comunitaria del Ministerio de Salud de la nación, cartera que lideró 2015, cuando CFK lo nombró Ministro para su último año como Presidenta tras la renuncia de Juan Manzur.

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Sus ideas sobre la salud nacen de la escuela de Ramón Carrillo, primer Ministro de Salud de la historia argentina bajo la presidencia de Perón, quién instaló en el país la concepción de la medicina preventiva, la atención primaria  y la noción que la salud no puede ser un sistema abstraído de las condiciones materiales de vida efectivas de un pueblo. Uno de sus principales continuadores, el médico sanitarista y Ministro de Salud de la provincia durante las gobernaciones de Oscar Bidegain en 1973 y Antonio Cafiero en 1987, Floreal Ferrara, fue uno de los maestros de Gollan.

Desde esa columna ideológica y política, el actual precandidato del oficialismo militó siempre por un sistema de salud integrado, con la medicina social preventiva como faro, el acceso universal y equitativo como horizonte, y el derecho a la salud como paradigma. “No poner a todo el sistema bajo una lógica común significa dejarlo que funcione bajo la lógica del mercado, y no con la concepción de la salud como derecho. Y el mercado no es un buen ordenador si lo que queremos es llevar salud a todos con un criterio equitativo” dijo hace unos meses en una disertación en la Escuela de Gobierno en Salud Floreal Ferrara, del Gobierno bonaerense.

Con su ADN militante, Gollan siempre entendió que la batalla por la salud es una batalla cultural, de ideas. Comprende que muchos tengan miradas diferentes, pero encuentra la explicación a ello en cómo el propio sistema forma sentidos comunes en la comunidad médica para sostener una visión atomizada y regida por el mercado. Por eso insiste en que la batalla es convencer, incluso incorporando a la propia comunidad al debate: “Nos han enseñado que de lo que se trata es de una sumatoria de individualidades y especialidades en donde por ahí nos ponemos de acuerdo para determinados casos, pero no nos enseñaron a ver la integralidad y los contextos (...) es muy importante que empecemos a enfocar en una misma visión colectiva, de los trabajadores de la salud y con la comunidad, tenemos que ser capaces de transmitir esta idea a la comunidad, que la salud no es solamente el acto de reparar una enfermedad”. La salud como proyecto colectivo, integral, construido junto a la comunidad y como un derecho de ésta.

Gollan da esa batalla cultural cada vez que puede. Desde una charla, una entrevista periodística, una campaña electoral o disertación ante organismos internacionales. Y su principal enemigo, al que permanentemente le pone nombre y apellido, es el sistema articulado entre laboratorios y comunidades médico científicas cooptadas por ellos, cuya lógica es un paradigma de ciudadano enfermo para el cual producir cada vez más productos, con la rentabilidad como único criterio. Esa denuncia llevó como Ministro de Salud de a la nación en 2015 a la asamblea de Organización Mundial de la Salud, donde planteo ante los ojos del mundo que los medicamentos de alto costo son la principal causa de desfinanciamiento de los sistemas de salud en el mundo.

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Esa militancia por la salud desde el campo de las ideas tuvo una base en la organización Carta Abierta durante los últimos años del kirchnerismo. Actualmente brota de la Fundación Soberanía Sanitaria, el centro de estudios del que participan también Nicolás Kreplak y varios funcionarios bonaerenses, que denunció las políticas de Macri y Vidal durante sus mandatos y fue preparando la plataforma de gobierno que hoy comanda la salud de la provincia.

Hacia adelante, Gollan y sus compañeros aspiran a una nueva Ley provincial de salud que institucionalice muchas de las prácticas de articulación territorial e institucional que comenzaron a darse como respuesta al a pandemia, que el Gobierno bonaerense impulsó e impulsa, y que pretenden profundizar con el horizonte en un sistema más integrado, preventivo, equitativo y de respuestas más inmediatas. Saben que eso implica afectar intereses y modificar estructuras de pensamiento muy arraigadas, pero eso es moneda corriente para cualquier militante popular.

RESILIENCIA

El signo de la historia de Gollan es el de recuperarse de una adversidad y salir fortalecido de ella. Primero sufrió la tortura a la cual describe como un proceso absolutamente degradante de la condición humana: “Es una batalla absolutamente desigual, donde uno está totalmente sumido en la nada, desnudo, atado y sometido permanentemente, sin fin, a todo tipo de cosas”. Tiene sus marcas en el cuerpo, y hasta lleva un marcapasos como resultado de las vejaciones.

Durante su calvario hubo miles de momentos en los que cuesta pensar de dónde podría surgir una esperanza a la cual aferrarse y no dejarse ir. Como cuando el “Ciego” Lofiego le levantó la venda que cubría sus ojos y, mostrándole un ejemplar de Mi Lucha de Adolf Hitler, le dijo “mirame bien, porque nos vamos a quedar en el poder mil años”. O las varias veces que, en medio de un traslado de un centro a otro, los militares paraban en algún camino, hacían bajar a los secuestrados, los ponían a correr y disparaban tiros al aire en un simulacro de fusilamiento. “Todo el tiempo pensaba que nos iban a matar” recuerda el Largui.

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A pesar de que en su comprensión no entraba la idea de que un ser humano pudiera infringirle tanto daño a otro, Gollan aguantaba y buscaba apoyos para sostenerse. Alfredo Vivono, amigo y detenido con él en el SI de Rosario, cuenta que aprendieron a utilizar el código Morse y jugaban al ajedrez pasándose las jugadas con golpecitos en la pared. Esa resistencia le permitió sobrevivir, volver al país luego de exilio y ver a sus torturadores enjuiciados y encarcelados en el proceso del juicio a los militares que impulsó Raúl Alfonsín.

Pero como la lucha de un militante no termina nunca, le tocó vivir el golpe de las leyes de obediencia debida y punto final. Tiempo después, viajando en la línea 15 de Rosario, tuvo la impensable experiencia de ver a esos genocidas subirse al mismo colectivo que él. Le pasó dos o tres veces, según recuerda. Los mil años de Lofiego cambiaban de forma pero seguían ahí. Hasta que llegó Néstor Kirchner para transformar para siempre ese capítulo de la historia del país.

En 2010 comenzó el enjuiciamiento al Segundo Cuerpo del ejército en la denominada megacausa Feced, por el ex jefe policial Agustín Feced, luego caratulada como mgacausa Díaz Bessone, por lo crímenes de lessa humanidad cometidos en Rosario. El Largui tuvo sus momentos de justicia dando testimonio en 2010, 2014 y 2018, y los hizo extensivos a sus compañeros: “En el juicio uno tiene responsabilidad por lo de uno, y de hablar y dar testimonio por todos los que no lo pueden dar”.

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El macrismo le puso delante una nueva prueba, cuando la actual precandidata de Juntos, Graciela Ocaña, lo denunciara por fraude en perjuicio de la administración pública, abuso de autoridad y violación de los deberes de funcionario público, por supuestos sobreprecios en el Plan Qunita, elaborado bajo su gestión como Ministro. Gollan fue procesado por el juez Bonadío en 2016, pero cinco años después la causa se cayó por falta absoluta de pruebas y todos los imputados fueron sobreseídos. Hoy el plan fue relanzado por el oficialismo con mejoras incorporadas, y el tiempo vuelve a darle sus revanchas al médico militante.

En una entrevista de 2014, Gollan expresaba el alivio que le generaba la emergencia de la juventud como un actor político, proceso que puntualizaba a partir del fallecimiento de Néstor Kirchner: “no un alivio porque esté la tarea hecha, porque nos vamos a morir en esto, pero es un alivio ver ese resurgir de la juventud tomando las banderas históricas de nuestro país, de quienes pudieron pasarla y quienes no están”. Ese ADN militante que lo define lo conecta directamente con la juventud, materia prima del trasvasamiento generacional de las luchas y las causas que aún siguen pendientes.

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En ese mismo reportaje, el Largui dijo que “la tortura se puede pasar, y se puede pasar en forma digna. Compañeros que pasamos por esto hoy podemos dar testimonio y  estamos con más fuerza y convicción que antes, para seguir dando los últimos años de nuestra vida en función de los sueños inconclusos aquellos tiempos”. Transformar la adversidad en fortaleza y lucha, mantener ese espíritu de la juventud potente y rebelde contra las injusticias, marcas que la vida imprimió en la historia de Daniel Gollan.

Luego de hacerse cargo de la peor crisis sanitaria en generaciones en un territorio tan complejo como la provincia de Buenos Aires, hoy Gollan tiene un nuevo desafío, una nueva oportunidad para aportar lo suyo en el convertir un momento muy difícil para la sociedad argentina en la vida que queremos. Allá va el Largui, el militante, el resiliente.