Desde hace un tiempo, en España se debate acaloradamente acerca de si debe prohibirse la prostitución. Quienes así argumentan alegan que, salvo en contadísimos casos, la prostitución es una manera degradante de ganarse el pan. La mayoría de las mujeres y, en menor medida, de los hombres que se prostituyen lo hacen no “por gusto” ni a raíz de una “decisión libre”, sino porque se han visto forzados a ello por las circunstancias. Así como la ley prohíbe que uno venda un riñón a una persona que necesita un trasplante para poder pagar las cuentas, también la ley debería prohibir, concluyen estos autores, que se alquile el cuerpo a quien desea satisfacer sus apetitos sexuales. La idea de fondo es que la prohibición es la única manera de proteger efectivamente a las y los explotados.

No quiero que se me malinterprete: lo mío no es una apología de la prostitución ni mucho menos. Pero considero errónea la posición abolicionista. Hay dos argumentos que me parecen decisivos.

En primer lugar, la prohibición absoluta de la práctica de la prostitución no llevará a que esta desaparezca, sino, por el contrario, a que se siga dando, solo que ahora en la clandestinidad. Es infinitamente mejor aceptar una determinada práctica social, regulando su ejercicio mediante leyes claras y precisas, a confinar ese ejercicio en la zona oscura de la ilegalidad. Porque una cosa me parece innegable, y es que en sociedades como la española (y la argentina), la prostitución no va a desaparecer de buenas a primeras, por el solo hecho de aprobarse una ley. Insisto: no elogio la prostitución, solo indico que se trata de un fenómeno tan arraigado en nuestras sociedades que es imposible pensar que una norma, por estricta que sea, pueda erradicarlo.

En segundo lugar, sospecho que detrás de muchos de los argumentos de los abolicionistas hay algo de puritanismo, por más que esos autores se declaren feministas y ateos. El punto es este: si el Estado debiera prohibir el ejercicio de cualquier actividad física degradante e indigna por rebajar el cuerpo humano a mera mercancía, entonces la lista de ocupaciones a prohibir sería extensa. En este sentido, no veo una diferencia sustancial entre, por ejemplo, una prostituta y un recolector de basura. ¿Alguien puede argüir convincentemente que esa persona que junta todas las noches nuestros desechos lo hace “por gusto”, tras una “libre elección” y que no denigra así su cuerpo? Con un poco de imaginación podemos ver que hay decenas de ocupaciones degradantes e indignas incluso en el seno de las sociedades desarrolladas.

¿Qué hacer entonces? De ningún modo quedarnos de brazos cruzados. Por lo pronto, debemos aceptar que, mal que nos pese, la prostitución es una práctica que ni a corto ni a mediano plazo podrá ser erradicada de nuestras sociedades. Citar el ejemplo de Suecia de poco sirve en este contexto. Acto seguido, debemos hacer lo que esté a nuestro alcance para que la prostitución se ejerza del modo más trasparente posible, velando férreamente por la tutela de los derechos de quienes se entregan a esa actividad, como si fuese una ocupación más. En vez de mirar a Escandinavia, deberíamos fijarnos más bien en Holanda y Alemania.

Así como es impensable una sociedad que no produzca basura –y, por tanto, es impensable una sociedad sin gente dedicada a la recolección de nuestros desperdicios–, del mismo modo es inimaginable una sociedad que logre satisfacer todas sus demandas sexuales dentro del núcleo de la pareja o de las amistades –y, por tanto, es inimaginable una sociedad sin gente dedicada a la prostitución, a la pornografía, etc.–. Sin embargo: así como estamos obligados a hacer todo lo posible por mejorar las condiciones de trabajo del recolector de basura (que se vuelva un trabajo lo más seguro y lo menos degradante posible), mucho debemos empeñarnos por mejorar las condiciones de trabajo de quienes ejercen la prostitución, de suerte que se vuelva una ocupación plenamente protegida por la ley.