Los cuidados socio-comunitarios poseen una extensa tradición histórica en los territorios populares. Estas tareas son desarrolladas usualmente por mujeres y no son reconocidas como trabajo. La trama construida entre trabajo de cuidados, género y comunidad es retomada y puesta en valor por los movimientos populares ante la novedad de la pandemia por COVID 19. De este modo, ejercieron un papel central en el sostenimiento de la vida, especialmente durante la cuarentena más estricta en el año 2020, dado que contaban con conocimiento y acceso al territorio, colectivos de trabajo socio-comunitario y un cúmulo de saberes adquiridos.

Los movimientos populares capitalizaron su experiencia en merenderos y comedores para atender la demanda alimentaria, aunque cambiaron las reglas de juego: adoptaron mayores medidas de higiene, reorganizaron el trabajo en grupos de menor cantidad de personas y que no eran grupo de riesgo e implementaron un sistema de viandas, asumiendo un mayor riesgo laboral en la exposición al virus. Luego de la muerte de Ramona Medina, referenta de La Garganta Poderosa quien participó activamente en la entrega de alimentos en la Villa 31, surgieron consignas de politización de los cuidados comunitarios tales como “Somos esenciales. Por el reconocimiento de nuestras tareas”. Se avanzó así en cierto reconocimiento simbólico de este trabajo y una limitada retribución económica a partir de la Ley Ramona, sancionada en junio de 2020.

También los movimientos se involucraron en la continuidad pedagógica de niños/as y jóvenes a través del desarrollo de tareas de apoyo escolar y armado de nodos digitales, considerando la falta de acceso a suficientes dispositivos tecnológicos y conectividad para sostener una escuela virtualizada durante el 2020 y con modalidad híbrida gran parte del 2021. De igual modo, se dio lugar a la dimensión de los cuidados referida a la contención de, entre y para mujeres frente al recrudecimiento de la violencia de género en el encierro de los hogares. Se avanzó así en el armado de una red de promotoras territoriales en abordaje de género en vinculación con formaciones impulsadas por el Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad.

Esta intensificación del trabajo de cuidados durante la pandemia respondió, entonces, al aumento de la cantidad de niños/as, jóvenes y adultos/as que demandaron asistencia, a los mayores esfuerzos requeridos por las/os trabajadoras/os de los movimientos populares para garantizar sus tareas, así como a la urgencia y necesidad de desarrollo de las mismas para la sostenibilidad de la vida en los barrios populares.

Para las mujeres, este trabajo de cuidados en espacios distintos al hogar y destinado a personas más allá de sus familias, la participación en colectivos de trabajo, la valoración de su protagonismo y su condición de esencialidad implicó un reposicionamiento respecto de lo privado como único ámbito de provisión de cuidados al tiempo que visibilizó el rol que desempeñan en la reproducción social. Aun así, cabe preguntarse si el hecho de que estos trabajos sigan siendo desarrollados mayoritariamente por mujeres no supone una extensión de las relaciones de género de la domesticidad hacia lo público-comunitario.

Los movimientos mostraron durante la pandemia un modelo que sostuvo, alimentó, acompañó, cuidó y formó a los sectores populares mediante el despliegue de una trama de trabajos de cuidados con carácter socio-comunitario. Desde allí, se asumieron como actores con capacidad de formular, proponer, instalar y demandar políticas públicas que amplíen el espacio de lo público y reconstruyan los lazos sociales desde la territorialidad.

*CONICET-UNLu/UBA. Integrante del Grupo de Trabajo Educación Popular y Pedagogías Críticas de CLACSO