Revisitando los feminismos

Los feminismos se han diversificado notablemente en este inicio del siglo XXI. La diversidad tiene que ver con los cambios sociales y culturales habidos, y con cierto estallido de las formas canónicas adoptadas por las agrupaciones que han procurado la conquista de derechos para las mujeres. ¿Qué quiero decir con esto último? Un examen de las organizaciones feministas que se incorporaron con fuerza a la escena pública a raíz de la recuperación de la democracia a fines de 1983, lleva a pensar a que el modelo de agencia tenía bastante similitud con el de las ONGs que pulularon en la región. 

Las formas organizativas en el periodo que abrió la pos dictadura, en buena medida se compadecían con las características de los agrupamientos de otros países latinoamericanos: el centro gravitante lo ocupaban mujeres de clase media, generalmente profesionales, o cuasi, debido a su formación universitaria, que encaraban asociaciones promotoras de derechos procurando recursos -sobre todo internacionales-, con la exigencia de un modelo de gestión institucional. Aunque seguramente en la mayoría de las organizaciones había participantes lesbianas, este aspecto no revelaba especificidad en torno de los derechos de la disidencia sexual en la plataforma de reivindicaciones de la enorme mayoría de los grupos feministas.  En verdad, el movimiento que asociaba a las militantes lesbianas se expresaba con balbuceos, y hasta puede decirse que cuando a inicios de la década 1990 se escucharon públicamente testimonios de feministas lesbianas, ocurrió hasta cierta incomodidad por parte de algunas membrecías a las que parecieron disonantes tales declaraciones. 

Tal como he narrado en otro texto (Barrancos,2014) la militancia lesbiana surgió al inicio de la recuperación democrática argentina pero representaba un cono de sombras en medio de la articulación organizada. En 1986 había en Buenos Aires algunos centros de activistas, como el Grupo Autogestivo de Lesbianas (GAL), y se contaba con una publicación del núcleo “Codo con codo”, y un poco más adelante, a inicios de los ´90 todavía había muy pocas organizaciones que se embanderaran abiertamente con los derechos de las disidentes, aunque en la ciudad de Buenos Aires se habían gestado “Fresas”, luego denominado “Frente Sáfico”, y “Las Unas y las Otras”. En 1987 Ilse Fuscova  - cuyo pronunciamiento acerca de su sexualidad lésbica fue uno de las primeras a escucharse en un programa de televisión - y Adriana Carrasco, iniciaron los “Cuadernos de Existencia Lesbiana”, una publicación que denunciaba la moral heterosexista, las hipocresías del patriarcado en materia de sexualidad y la necesidad del reconocimiento de derechos para las mujeres más allá de las divergencias sexuales. Pero subrayo que estos grupos eran una mínima expresión en el concierto de las agrupaciones feministas que seguramente pasaban de cincuenta en las principales ciudades de la Argentina. Todavía debe hacerse una investigación que mapee adecuadamente a los colectivos a favor de los derechos de las mujeres durante esas décadas, pero en general el formato de estas agrupaciones era, como ya he señalado, el de las típicas organizaciones no gubernamentales, con direcciones y consejos directivos que no siempre facilitaban la amplia recepción de mujeres.

La agenda dominante estuvo centrada en la cuestión de la violencia doméstica, el acceso a los anticonceptivos y el mayor reconocimiento en la arena política. Había sido especialmente activo el movimiento articulador de las feministas pertenecientes a diversas fuerzas políticas, movimiento que consiguió en 1991 la reforma electoral con la denominada ley de “cupo”, y que determinó que las mujeres debían representar por lo menos el 30% en las listas de candidaturas a los escaños parlamentarios en lugares expectables, esto es, con posibilidades de ser electas.  Este formato de acción política “transversal” tuvo impacto todavía en la Constitución de 1994, que reunió a varias constituyentes feministas representando a distintos encuadramientos partidarios, lo que permitió incorporar aquella reforma en la nueva carta constitucional junto con las garantías igualitarias en materia de género.

Durante los años ´90 se produjeron transformaciones notables en la sociedad argentina. Por un lado el tsunami neoliberal se deshizo de las empresas del Estado, se abrió la economía  menguando drásticamente el parque industrial, se pusieron a raya derechos sociales con medidas flexibilizadoras del trabajo, hubo una estampida de desempleo y las mujeres debieron salir a buscar modos de subsistencia frente a los casi inexistentes ingresos de los varones. Finalmente se arribó a una crisis política y social sin precedentes en diciembre de 2001, cuando apenas hacía un año del cambio de gobierno -pero no de las políticas neoliberales-, que condujeron a la renuncia precipitada del Presidente Fernando de la Rúa – sucesor del Presidente Carlos Menem -, luego de las masivas movilizaciones a raíz del denominado “corralito” - una suerte de confiscamiento provisorio de los recursos depositados en los bancos-, con víctimas fatales producidas por la represión.

Sin duda, las feministas fueron sorprendidas por los dramáticos cambios del mercado laboral en ese ciclo que afectaron la vida de las mujeres, pero también por la franca apertura a los estudios feministas y de las relaciones de género en el sistema académico. En efecto, las circunstancias dramáticas que rodeaban la vida de las mujeres, y en no pocos casos la protesta protagonizada por estas en reclamo de trabajo – los movimientos de resistencia y  “piqueteros” llevados a  cabo en varios lugares del país, tal como ha analizado entre otros Andrea Andújar (2014)  -, constituyeron una circunstancia par con el surgimiento de institutos, centros o programas destinados al análisis especializado en mujeres y género en el sistema universitario.

La sociedad argentina cambió nuevamente con las políticas a favor del mercado interno y redistributivas, con decidida actuación del Estado, a partir de 2003 y hasta fines de 2015 durante los gobiernos populares de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández de Kirchner. El resultado de las últimas elecciones, no obstante, ha permitido que se restauren las políticas neoliberales, un giro dramático de impredecibles consecuencias todavía. Pero quisiera detenerme en lo ya enunciado, en el cambio composicional y de agenda de los feminismos en la Argentina. En esta última década se acentuó una diáspora del “feminismo” “onegeísta”, que solía exhibir un estilo “de capilla”, autocentrado e institucional, poco poroso a la recepción masiva como era la fórmula hegemónica de los años ´80 y ´90. 

Nuevos modos asociativos se han prodigado, y como ha sostenido Graciela Di Marco (Di Marco, 2012), estamos frente a la constatación de un derrame feminista que ha alcanzado a muchos grupos de mujeres que entrañan diversidad relacional. La evidencia empírica muestra que hay numerosas maneras de actividad colectiva – y de subjetividad - como ha mostrado Laura Masson (Masson, 2007), quien percibe más los “espacios”, las localizaciones, que los movimientos claramente encuadrados. Faltan investigaciones más recientes, pero puede conjeturarse que lo que más ha crecido en los últimos años son los agrupamientos de mujeres que reivindican sexualidades disidentes, y se ha abroquelado la agenda en torno de la violencia en todos los órdenes – mucho más allá del doméstico –, que exige, además, la despenalización del aborto.

Se asiste en la sociedad argentina al menos a dos fenómenos remarcables en materia de aglutinación. En primer lugar, al continuado acontecimiento, desde 1985, del  denominado “Encuentro Nacional de Mujeres” que pasó de ser una reunión que concentraba a las identificadas como feministas, para transformarse con el correr del tiempo en un “mega” encuentro anual que convoca a miles y miles de mujeres que difícilmente respondan a las identificaciones clásicas del feminismo. Sin duda, es único en la experiencia latinoamericana por la periodicidad y por el acatamiento de mujeres de organizaciones populares, o no encuadradas de manera nítida en los viejos moldes de la adscripción militante. Sorprende la renovación de las edades, y la iconoclasia que produce la nutrida concentración en las diferentes ciudades en las que se realiza el Encuentro, a menudo en contextos muy conservadores, hostiles a la disidencia de la sexualidad. Sin duda, las miles de protagonistas movilizadas año tras año carecen de las notas clásicas que solían adoptar los dispositivos “feministas”, y deben reconocerse las dificultades políticas para conciliar las diferentes orientaciones ideológicas, algunas muy radicalizadas, que se expresan en las jornadas de deliberación. Pero no puede dejar de pensarse en la riqueza singular de cada “Encuentro” que pone en contacto a mujeres muy diferenciadas, provenientes de múltiples ambientes geográficos, durante algunos días de coexistencia. Son imaginables las transformaciones en las sensibilidades y los sentimientos, las revoluciones personales que produce la experiencia de intercambiar opiniones con congéneres diversas.

El otro fenómeno es la movilización producida por la agencia “Ni una menos”. Esta iniciativa surgió en el 2015 gracias a un grupo de mujeres en el que eran mayoría las comunicadoras, como reacción a la violencia, y especialmente frente al número de mujeres ultimadas debido a su condición femenina. Más allá de la ley que sanciona con pena máxima el feminicidio, la cantidad de víctimas no ha cesado, aunque es difícil sostener que haya aumentado porque carecemos de estadísticas rigurosas. Debe pensarse que la noción misma de “violencia de género” – tal como se enmarcan a menudo las políticas destinadas a combatirla y la comunicación habitual mediática -, es de reciente aparición si se tiene en cuenta el conjunto de repertorios epistemológicos y la política de derechos de los feminismos. Fueron los impulsos esclarecedores de la denominada “segunda ola” feminista los que exhibieron las ínsitas valoraciones patriarcales violentas, las mallas simbólicas y las justificaciones del propio Estado relacionadas con la vindicta del “honor” y la retaliación que en verdad autorizaba a los varones a agredir a las mujeres porque se las consideraba su patrimonio (MacKinnon, 1989; Pateman, 1995; Segato, 2003). 

Debe señalarse, una vez más, que el problema de la violencia ocupó el primer lugar en la agencia feminista de los años ´80 en adelante. Algunas entidades como la  “Casa del Encuentro” que se ha empeñado en la lucha contra la trata y en general contra la violencia, ha venido calculando la muerte violenta de mujeres a través de su “Observatorio de Femicidios Adriana Marisel Zambrano” – homenaje a una joven jujeña brutalmente asesinada por su pareja. En 2015 este Observatorio registró la muerte por razones de género de 286 mujeres, cifra que se aproxima a una por día. Se trata de cantidades escalofriantes pero aun así es difícil sostener que ha aumentado la violencia asesina. Hay sí claras evidencias de la mayor intolerancia social frente a las agresiones físicas, y también se registran cambios significativos en los modos de informar los asesinatos por parte de los medios. Ya no es sostenible la figura de “crimen pasional” que se ha cambiado recientemente por el enunciado “femicidio” (Legarde, 2009)  – aunque todavía subsisten afinidades mediáticas con las antiguas concepciones si se examina el tratamiento que se ha prodigado a algunas víctimas, especialmente a adolescentes de sectores populares.  El colectivo “Ni una menos” convocó a manifestarse públicamente el 3 de junio de 2015 y el resultado fue apabullante. Miles y miles de personas – no fueron pocos los varones que se sumaron – se congregaron en plazas y calles aledañas para reclamar el cese definitivo de la violencia contra las mujeres. Fue especialmente notable el número de mujeres jóvenes pero también el carácter matizado de los grupos sociales que se sumaron. Estuvo lejos de ser una expresión de sectores medios y de incluir sólo a los núcleos activistas de derechos femeninos. Esa experiencia fue repetida el 3 de junio de este año, y aunque tal vez la repercusión fue menor, no dejó de ser impactante la concurrencia masiva y no sólo en las grandes ciudades.

Bibliografía:

Agamben, Giorgio (2004) “Estado de excepción. Homo sacer II, I”, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Ed.

Andújar, Andrea (2014) “Rutas argentinas hasta el fin. Mujeres, política y piquetes, 1996-2001”, Buenos Aires, Ed. Luxemburgo

Barrancos, Dora (2014), “Géneros y sexualidades disidentes en la Argentina: de la agencia por derechos a la legislación positiva” en Cuadernos Intercambio sobre Centroamérica y el Caribe Vol. 11, No. 2 Julio-Diciembre, 2014 – pp. 17- 46

Birgin, Haydée (2000)(Comp) “Las Trampas del poder punitivo: el género del derecho penal”, Biblos, Buenos Aires.

Birgin; Haydée (2000) (Comp.) “El Derecho en el Género y el Género en el Derecho”, Biblos, Buenos Aires; 

Carrasco, Maximiliano (2011) “El matrimonio igualitario en el Parlamento argentino. Antecedentes parlamentarios. Los proyectos que se convirtieron en Ley. El tratamiento en ambas Cámaras y las votaciones” en  Solari, Nestor y  Von Opiela, Carolina (Directores) “Matrimonio entre personas del mismo sexo – Ley 26.618 – Antecedentes, Implicaciones, Efectos”, Buenos Aires, La Ley.

Di Marco, Graciela (2012) “El pueblo feminista. Movimiento sociales y lucha de las mujeres en torno de la ciudadanía”, Buenos Aires, Biblos.

Derdoy,  Malena (2014) “Gobierno civil y políticas de género en el  ámbito de la Defensa”,  en Voces en el Fenix, nº 32 – marzo 2014

Lagarde, Marcela (2009) “Introducción” en Red de Investigadoras por la Vida y la libertad de las mujeres A.C. 1º Volumen de la de la Serie por la vida y la libertad de las Mujeres,  México, Marco Jurídico.

Mackinon, Catharine (1989) “Hacia una teoría feminista del Estado”, Cátedra, Valencia

Segato, Rita  (2003)”Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis  y los derechos humanos”, Bernal, UNQ

Masson, Laura (2007) “Feministas en todas partes: Una etnografía d espacios y narrativas feministas en Argentina”, Buenos Aires, Prometeo.

Masson, Laura (2015) “Saberes académicos, experiencias y militancias. Buenas prácticas en políticas públicas con perspectiva de género” en Equidad de Género y Defensa: una política en marcha. Número 9, Ministerio de Defensa, Marzo de 2015.

Pateman, Carol (1995) “El contrato sexual”, México, Anthropos.

Wainerman, C. H. y Z. Recchini de Lattes (1981) El trabajo femenino en el banquillo de los acusados. México, Terra Nova.

*(UBA/UNQ/CONICET)