La crisis pandémica que provocó el COVID19  es de características sistémicas. Ello implica que variadas y significativas esferas de nuestra vida en sociedad han sido afectadas de modo interdependiente. Una crisis que es a la vez ecológico-ambiental, sanitaria, laboral, económica profundizó situaciones y dinámicas ya existentes en la etapa pre pandemia, y dejará pesadas huellas en los tiempos por venir.

La Argentina no quedó ajena a estos procesos. Al igual que en el resto de la región, creció el desempleo  tanto expresado en las estadísticas como  en las  situaciones no mesuradas por las encuestas nacionales.  Mientras la tasa trepó en el segundo trimestre del año al 13,1%,  cuando  en el  período enero-marzo  había llegado al  10,4%, la precariedad laboral auguraba volúmenes elevados habida cuenta que el empleo no registrado ya detentaba cifras preocupantes en años anteriores, abarcando alrededor del 35% de la población ocupada[ii].

Las perspectivas para los trabajadores no resultaban  muy  auspiciosas al comenzar el año. Ciertamente, el gobierno saliente había dejado importantes secuelas en la economía que ya anunciaban un déficit de crecimiento y como consecuencia,  la inserción laboral de distintos grupos sociales resultaría damnificada. Ello se agravó aún más con la pandemia al tiempo que se agudizaron problemas del mundo del trabajo presentes como rasgos históricos en América Latina y en la Argentina. 

En efecto, la inserción laboral de la población activa se produce en condiciones marcadas por la heterogeneidad estructural[iii]. Empleos formales, a tiempo completo y con acceso a beneficios y seguridad social que conviven con modalidades de trabajo signadas por  formas de contratación eventual, precarias e inestables, a partir de relaciones de dependencia asalariada,  también autónoma e independiente. El tejido económico-productivo, al mismo tiempo, denota la existencia de empresas de distinto tamaño, con grados de tecnificación muy diversa, trabajo-intensivas  en una importante cantidad de casos.  La denominada cuarentena  dispuesta por el gobierno nacional para evitar el colapso del sistema de salud, afectó inexorablemente a una gran cantidad de estos sectores y unidades económicas, al igual que a los trabajadores de muy disímil grado de cualificación. 

Sin embargo, instrumentos de transferencia de ingresos hacia las empresas formales lograron morigerar los efectos de la pandemia sobre una porción de la fuerza de trabajo, mientras otra parte quedó sumamente golpeada y aquejada. Es por ello que la informalidad, la precariedad y el desempleo se advierten como rasgos salientes de esta crisis pandémica, en una contexto de incertidumbre marcado por el devenir del virus, la vacuna y la capacidad de los estados nacionales de gestionar esta situación con restricciones financieras y presupuestarias, que en el caso de la Argentina ya se anunciaban acuciantes al inicio de la crisis sanitaria.

Grupos sumamente vulnerados  en la pre pandemia han visto por lo tanto  agravada su condición: mujeres, jóvenes, trabajadores por cuenta propia, autónomos, asalariados informales y precarizados muestran por lo tanto una de las aristas apremiantes que enfrentamos con las sucesivas  crisis del capitalismo, y que en América Latina y la Argentina cuenta con importantes antecedentes: la desigualdad social. 

El modo en el cual los trabajadores logren insertarse en el mundo del trabajo, las formas de contratación favorecidas, la percepción de salarios que superen la línea de pobreza, el acceso a derechos, beneficios, protección social y atención privilegiada a las tareas de los cuidados que realizan las mujeres, resultan  desafíos y cuestiones indispensables que deben ser revisadas y afrontadas con prioridad para atender los riesgos sociales, las  incertidumbres y asimetrías  que se revelan en el presente.

*Investigadora y docente de la Universidad Nacional de General Sarmiento y del CONICET