“…en mi boca agita las piernas un grito a medio masticar.”

(Maiakovski, 1999: 8)

En los primeros meses de la pandemia y la respuesta de aislamiento que se propagó muy rápidamente por casi todo el mundo, se pudo ver la necesidad y a la vez la imposibilidad de manifestarse abierta y conflictivamente señalando el desacuerdo, como lo sostiene Rancière, ante una situación a la que todos -al menos eso esperaríamos- querían resolver y afrontar de la “mejor” manera posible; pero solo había una voz que era escuchada, había un grito atragantado, como lo dice Maiakovski, o a medio masticar del otro lado que pugnaba por la posibilidad de salir. La garantía, o al menos la promesa, de conservar la vida seguía, como lo sostenía hace tiempo Hobbes, siendo lo que apuntalaba las decisiones que se tomaban desde el Estado. La pandemia solo vino a poner en evidencia esos mecanismos que se regulan entre lo explícito y lo implícito, pero que no son ajenos a las lógicas manifestadas en pandemia y post-pandemia. Este post que parecemos transitar, aunque habría que tener reservas al respecto, nos debe hacer preguntarnos hacia donde nos dirigimos, como nos conducimos a partir de ahora, que dejar y seguir haciendo. Si todas o al menos una de esas preguntas no sobrevuelan este “post”, quizá nunca logremos que se produzca esta superación de la presente, y futuras, pandemias.  

Si nos preguntamos por la democracia en este tiempo de pandemia y su consiguiente aislamiento en la Argentina y en distintas partes del mundo, podemos hallar diferentes respuestas, pero una es la que resalta sobre todas y es que este tiempo donde la gente, los ciudadanos y el ejercicio concreto de su ciudadanía se vio en muchos aspectos restringido o tuvieron que reinventarse formas de participación. Una transformación en ciudadanías alternativas a la ciudadanía concedida desde el Estado. Una ciudadanía que se manifestó de diversas formas (cacerolazos desde las casas, aplausos, prender y apagar la luz de la vivienda en la que se encontraban, etc. y mención aparte, de las redes sociales) que se tornaron imprescindible para la manifestación del parecer de cada uno durante el aislamiento, en especial, en los primeros meses.

En esos complejos y caóticos primeros meses en los que el mundo entero no sabía qué respuesta dar, donde se trataba, en muchos casos, de pruebas y error, la democracia no siempre ocupó el lugar central, si es que antes de la pandemia lo ocupaba, pero podemos arriesgar que se tornó cada vez menos necesaria para los sectores gobernantes, donde las decisiones se tomaban unilateralmente, en muchas ocasiones por medio de decretos (hasta julio del 2021 el gobierno de Alberto Fernández dictó 95 DNU en pandemia, en contraposición a los gobiernos de Macri 47 DNU y Cristina Fernández de Kirchner 33 y 49 DNU en el primer y segundo mandato, respectivamente (De Urieta, 2021)). El borramiento del otro, su prescindible e innecesaria opinión se tornó cada día, a medida que avanzaba la pandemia, más evidente por lo que el diálogo se ausentaba y la disputa con el otro no se daba.     

En ese ínterin, se perdía algo que para Mouffe es absolutamente necesario para que exista la política, y más específicamente la democracia, ya que son “esencialmente” conflictivas, que al estar ausente este elemento constitutivo, se pierde la democracia, se ausenta la democratización de la misma. En gran parte, es lo que ocurrió con los confinamientos, ya sea que se fundamenten en cuestiones de cuidado hacía los ciudadanos, el efecto de sustraer de la participación “en la calle” se hizo presente. Eso que se ausentó fue el adversario, por lo que no se podía aspirar a un “consenso conflictual” (Mouffe, 2007: 58) para sostener instituciones donde el debate y el conflicto sea la muestra de una buena salud democrática.

No obstante, para tomar en toda su magnitud la compleja situación, donde el mensaje de “la oposición” (en realidad, ciertos grupos muy diversos) supo canalizar basándose en la pregnancia de la libertad como bandera innegociable sobre la que se atentaba desde las disposiciones del Estado. Pero el Estado hacía un uso legítimo de los poderes otorgados y la búsqueda de una libertad irrestricta sin la intervención estatal, o la desaparición de éste sería un lugar imposible para la convivencia en sociedad. Por lo que a ambos -o entre- lados de los reclamos habría de situarse para tener un panorama de la complejidad de las respuestas y las demandas. 

Sin hablar de derechas e izquierdas, o haciéndolo solo por comodidad y simplificación, se podría ver esa puja donde las estrategias no son nada novedosas, pero siguen teniendo su efectividad y sus conocidas limitaciones. En ambos casos, se exige la mayor o menor intervención del estado, que este cumpla su función o que este se adapte a las necesidades exigidas.   

Por lo que ese movimiento de inconformidad con las políticas llevadas adelante en pandemia se pudo plasmar en las urnas. Aquí, se puede ver que los canales, como el voto -de manifestación de un desacuerdo o de apoyo a una postura-, que en muchos casos es rehusado, por no ser considerado como un medio que posibilite el cambio de una posición indeseada; en este caso puntual se lo toma como la posibilidad de manifestar su disconformidad. La situación de confinamiento tornó un medio como el voto, considerado no-efectivo, como una de las únicas vías para hacer sentir su posición contraria.

Lo que deberíamos preguntarnos es si es posible pensar una democracia en pandemia y post-pandemia, a lo que respondemos: sí. Pero no como una forma de gobierno que diga asentarse en principios democráticos, sino en la práctica activa y concreta de lugares donde las disputas agonistas, los consensos conflictuales, la puesta en evidencia de la erradicación de la violencia y la imposibilidad de pensar en alcanzar una democracia “perfecta” y acabada a la que no haya más que agregar, donde no se den relaciones conflictuales. Es ante esas demandas continuas de democracias que debemos posicionarnos en el periodo de post-pandemia al que, en apariencia, estamos asistiendo. Los mecanismos, aunque sean basados en razones loables, del silenciamiento del otro, darán por resultado, tarde o temprano, procesos de manifestación -por canales institucionales o no- de determinadas inconformidades.

La pandemia dio muestras de procesos complejos en la forma de manifestación política, pero no demasiados novedosos, donde el miedo, en un primer momento, se apoderó de la práctica política a través de protestas y una vez que la situación se tornó insostenible, ya no se pudo seguir usando ese miedo, que ya se ha teorizado desde Hobbes a Maquiavelo; y entonces se encontraron con que ese silenciamiento tenía una clara manifestación, que no se hacía explícita por el contexto, pero que de ningún modo se había borrado. Pero la respuesta securitista del Estado no es exclusiva de estos tiempos pandémicos donde se confina a las casas a los habitantes y se recurre al poder armado para el control del respeto de lo establecido, argumentando como fin controlar la situación y que el virus no se expanda y así resguardar la salud de la población.

Podríamos recurrir a Rancière (2010) y a su concepto de democracia para marcar el lugar de una irrupción, de un desacuerdo que se hace presente para rebatir el orden concedido desde un orden policial: “…democracia es el nombre de una irrupción singular de ese orden [policial] de distribución de los cuerpos en comunidad…” (p. 126). En ese lugar y a través de esas subjetividades se produce el “litigio político” que cuestiona el lugar concedido y se erige para poder romper esa situación, no una mera puja de intereses, sino un conflicto sobre la parte otorgada por el Estado. Esto es lo que se pudo vislumbrar en los periodos post-pandémicos donde la vía institucional del voto se convirtió en una herramienta valiosa, aunque vale recordar que no existe una búsqueda por romper lo institucional, sino que se prefieren otras vías para la manifestación de sus expresiones.

Entre las incertidumbres, los miedos y los intereses, entre las urgencias, las reservas y los sentimientos, entre las ideas, los proyectos e ilusiones, ahí se erigió el virus, pero no tanto el covid-19, sino el virus humano de pensar su preeminencia, de no querer deponer su exclusividad que él mismo construyó. Una omnipresencia que no deja de estar presente desde la modernidad y a la que se la cuestiona hace tiempo, desde el posthumanismo; pero no solo desde él. Una deconstrucción del lugar del hombre está en marcha, pero es necesario profundizar y afianzar ese lugar-otro del animal humano para pensarse junto a los otros. Un cuestionamiento incesante de de las políticas adoptadas, pero al mismo tiempo del lugar que como ciudadanos ocupamos y ejercemos en esa construcción de una mirada diferente sobre el por venir, sobre la administración del malestar, frustración e impotencia a los que nos sometió la pandemia, pero más que nada a las respuestas, como el ASPO, que se puso en práctica en todo el país y también en otros países. Ante esa experiencia compleja y traumática debemos responder en el proceso que parece iniciarse de la post-pandemia, para dar respuestas sin perder de vista lo que se tuvo que atravesar en esos momentos. Un posicionamiento político que dé cuenta del proceso transitado, pero que piense en cómo se podría responder a uno nuevo que nos lega todas sus secuelas, aunque algunas ya estaban ahí hace tiempo, pero su agravamiento sí podemos otorgarle a las respuestas a la pandemia.

Para que ese grito a medio masticar tenga ahora su oportunidad de salir a la calle y ser escuchado, tenga la responsabilidad también, de no romper en una queja por la queja misma, sino en la búsqueda de construcción de un lugar post-pandémico que sea diferente al tiempo de pandemia, pero a la vez, a los años anteriores que nos condujeron a la pandemia. Una, no la única, de las formas que consideramos por la que se podría conseguir algo cercano a eso, es tornando cada día más política la vida ciudadana, debatiendo las decisiones y teniendo la posibilidad de cuestionarlo todo -Estado, democracia, decisiones políticas, etc.-, incluso todo lo que aquí escribimos.

*Magister en Ciencias Sociales y Humanas con orientación en Filosofía Social y Política (UNQ); Licenciado, Profesor y Doctorando en Filosofía (UNNE). Compilador del libro Ciudadanías alternativas (Editorial La hendija)