Después de dos años de un nuevo signo político al frente del Gobierno Nacional es factible acuñar la siguiente frase: “sin el campo es imposible; con el campo solo no alcanza”.

Básicamente este aforismo está orientado a lo que viene sucediendo con las exportaciones en general y con las agro en particular. Sucede que las ventas externas de la Argentina se encuentran creciendo muy lentamente, por no decir estancadas. En 2017 fueron 58.428 millones de dólares versus 57.879 millones en 2016 y 56.752 en 2015. Vale decir que en dos años el aumento de las exportaciones apenas rozó el 3%.

Si partimos de la base que la cadena agroalimentaria genera dos de cada tres dólares que ingresan al país, que el complejo de la soja ingresa uno de esos dos dólares agroalimentarios y que las medidas tomadas por el Gobierno nacional a partir del 10 de diciembre de 2015 fueron claramente “pro-campo” (devaluación, eliminación de retenciones y liberación de trabas a la exportación), se podría concluir que la respuesta ha sido muy débil.

Repasemos algunos números. En 2016 las exportaciones de Manufacturas de Origen Agropecuario (MOA’s), donde el aceite y la harina de soja son dos componentes fundamentales, apenas crecieron 0,1% respecto de 2015, al pasar de 23.288 a 23.291 millones de dólares.

La exportación de productos primarios agro (excluidos metales), con un gran peso de los cereales (trigo y maíz) crecieron casi 17% y aportaron un plus de 2.100 millones de dólares, al sumar 14.665 millones.

Pero en 2017, las MOA’s retrocedieron 3,6% respecto de 2016 y los productos primarios 4%. Si comparamos respecto de 2015, al país ingresaron 775 millones de dólares menos por manufacturas agro y 1.528 millones más por granos, es decir un saldo neto de 753 millones de dólares. Decididamente no parece un gran logro en función del peso de las políticas aplicadas.

En tanto, ¿qué pasó con la producción de granos? De un total de 125,1 millones de toneladas en 2015/16 –la que se recolectó a partir de noviembre/diciembre de 2015- pasamos a 136,7 millones en la 2016/17, es decir un 9% de incremento en volumen, que no se está reflejando en la generación de divisas.

Este incremento se debe esencialmente al corrimiento de la superficie de soja y cebada a maíz y trigo. El hecho de haber dejado a la oleaginosa con un 30% de derechos de exportación durante 2016 y 2017 y 0% para el resto, mejoró artificialmente el margen bruto de los cereales respecto de la soja y sesgó la decisión de siembra de los productores.

Tan es así que la superficie sojera pasó de 20,5 millones de hectáreas en 2015/16 a 16,7 en la 2017/18, resignando 3,8 millones en apenas dos campañas.

Las estadísticas del INDEC reflejan esta problemática. De todos, los productos de exportación, los tres que más perdieron ingresos en 2017 fueron del complejo soja. Entre la harina, el poroto y el aceite, la Argentina dejó de percibir 1.700 millones de dólares en relación a 2016. Curiosamente, la cuarta peor performance correspondió al maíz, con una caída interanual de 306 millones de dólares.

Ahora, la Argentina se enfrenta a problemas climáticos que podrían podar seriamente la cosecha de soja y de maíz. Solo si a nivel global hay un repunte de precios, se podría compensar el menor volumen cosechado. Un informe de RIA Consultores estima que si se da el pronóstico de una cosecha de soja de 45 millones de toneladas, la Argentina podría resignar hasta u$s3.000 millones en exportaciones.

Entonces, ¿cuál es el cuadro de situación?

La pregunta final es, de dónde va a sacar el país los dólares que necesita para convertirse en un país atractivo, con capacidad para pagar sus obligaciones externas y atraer inversiones. La respuesta es compleja, pero es evidente que hay que profundizar las medidas pro-exportación, principalmente de aquellos productos de mayor valor unitario, cuestión de retomar el crecimiento exportador.